miércoles, 2 de enero de 2019

Perdóname, porque quiero.



Quiero consumirme entre tus brazos, hacerme cenizas entre tus dedos y esparcirme entre tu cabello. Quiero aferrarme a la ideología de la perfección, para chocar con la avasalladora realidad que sólo puede manifestarse a través del dolor. Quiero que me duelas, para que te conviertas en el recuerdo punzante que se presenta en las noches de insomnio, cuando ahogarse en una taza de café no lleva a nada más que a hundirme en las preguntas que tus labios dejaron grabadas en mi cuello. Quiero que nuestra historia sea una tragedia, para poder contarla una y otra vez, para que mis ojos se acostumbren a la humedad de tu recuerdo, mis manos tiemblen con la nostalgia de tu piel, y mis labios ardan con una sed demasiado abstracta como para poder saciarla con el resto del mundo.

Quiero que seas siempre insuficiente, para buscar más de ti cada día. Quiero que en los años por venir perdure tu sonrisa entre mis omóplatos, tus cosquillas en las yemas de mis dedos, y tus rizos esparcidos sobre mi abdomen. Hasta que mi mortalidad no dé para más.

Yo quisiera perdurar, también, para ti, pero no dolerte. Me basta con estar presente en la brisa del río, donde crecimos; donde aprendimos a amar y a decir adiós. Me basta con que tú, o alguien más, visite las palabras que te escribo ahora, en un pobre intento de reflejar el tormento que causan tus ojos en la oxidada máquina de mi corazón.

Quiero que no se escuche el quejido de mi pecho cuando digo ‘No puedo’. Porque me cuesta tanto, cariño. Me cuesta irme, pero aún más quedarme. Me cuesta creer en la eternidad, en el amor… Pero creo en tus ojos. Creo en tus manos, en tu pecho salvavidas, en tu risa distraída, y tus pestañas dormidas.

Creo en tus miedos, y tus lágrimas y tus sueños… Pero son más reales mis pesadillas.

Y perdóname, amor, porque me fui. Pero es que no hay hogar para quien tiene miedo. Perdóname, amor, por llamarte así, con el nombre de algo en lo que no creo.

Perdóname, amor, por sentir, y no querer reconocerlo.

Perdóname, amor, porque se me acaban las palabras, pero nunca dicen lo que quiero.

Perdóname, amor, y quédate, sólo en mi memoria. Quédate un ratito más, que la mortalidad me besa el cuello, pero sus labios fríos no erizan mi piel como los tuyos.

viernes, 21 de diciembre de 2018

She wonders.

“What  about  love?”  she  asks,  and  looks  at  the  tattoo  he  has  on  his  arm.

“What about​  love?”  he  repeats  like  he  wasn’t  paying  attention.  But  she  knows  he  does  it  when he  doesn’t  want  to  give  an  answer.  Maybe  he  doesn’t  have  one.

So  she  lets  the  smell  of  the  coffee  on  her  hands  distract  her,  looks  out  the  window  and  starts wondering  if  people  are  conscious  of  their  reasons  for  waking  up  in  the  morning.

“You  know”  he  starts-  she  doesn’t  look  at  him,  knowing  it’s  easier  for  him  to  talk  if  he  doesn’t  feel examined-  “when  I  first  met  you,  I  thought  that  you  had  the  face  of  someone  with  many answers-”
 “But  it  turns  out  I  have  a  lot  of  questions.”  She  takes  a  sip  of  the  coffee  and  wonders  if  love  can be  described  as  coffee:  warm,  bitter  or  sweet,  whichever  way  you  prefer,  always  giving  you energy,  even  when  your  eyes  hurt  from  fatigue.
“You  just  don’t  recognize  your  own  answers.”  He  says,  and  for  the  first  time  today,  looks  directly in  her  eyes.
“Tell  me  one.”
“What?”
“An  answer  I  don’t  recognize.”
“Well,  you’re  always  talking  about  how  sick  you  are  of  everything,  and  how  tired  you  are  of being  surrounded  by  people…  But  you  always  give  your  best  smile  when  you  greet  someone, even  if  you  don’t  know  them.  And  they’re  not  fake…  The  smiles,  I  mean,  they’re  always  the good  ones.”

She  gives  thought  to  this,  playing  with  the  napkins.
“Is  it  enough?  Do  you  still  think  that  I’m  someone  who  has  many  answers?”
“Sometimes  the  questions  are  answers.”
“That’s  bullshit.”
“So  is  your  perception  of  the  world  and  still  you  base  your  decisions  on  it.”
“They’re  always  bad  decisions.”
“You  just  don’t  accept  yourself.”
“You  said  that  my  perception  is  bullshit.”
“That  was  only  because  I  knew  you  wouldn’t  defend  yourself.  No  one  can  say  that  something  in your  life  is  wrong  when  no  one  can  really  understand  what  life  is.”
“You’re  talking  too  much  today.”
“Last  time,  you  said  that  I  never  share  my  thoughts.”
“That  doesn’t  mean  I  want  to  hear  them.”
 “You  also  said  that  you  like  when  I  share  what’s  going  on  inside  my  head.”
“Touché.”
“I  guess  its  the  winter.  This  season  inspires  me.”

She  finishes  her  coffee  in  silence,  wondering  if  people  can  even  comprehend  what  inspiration  is.

She  also  wonders  if  love  can  be  found  in  the  form  of  the  cold  breeze  in  a  winter  afternoon,  when the  sun  is  trying  its  best  but  she  finds  home  in  the  cool  air. 

She  wonders  if  love  can  be  found  in  the  form  of  a  quiet  walk  or  maybe  in  a  conversation,  coffee in  hands.  Or  in  the  form  of  an  effort  to  make  eye  contact,  or  in  the  calm  but  insistent  need  to make  someone  know  how  much  you  appreciate  their  company.

She  wonders  if  love  can  be  found  in  the  strange  form  of  a  pleasant  smile…  in  goodbyes  that aren’t  real  goodbyes…  because  you’ll  reach  for  each  other  again.  If  not  today,  tomorrow,  and  if not  tomorrow,  someday.

lunes, 30 de julio de 2018

No entendemos la eternidad.

Quiero hablar de la manera en que el mundo es màs bonito cuando amanece sobre tu rostro. Pero no podemos verlo. Estamos tan empeñados en llorar que no podemos ver la hermosura en el dolor. Y tù dueles tanto. Tan dulce, tan profundo, tan presente dolor.



Dolor cuando beso tu frente y tù suspiras, porque los mortales no entendemos la eternidad. Y yo te susurro palabras que se sienten muy grandes en mi boca, se sienten como mentiras, porque no merezco amarte. Y me siento inùtil porque no puedo retenerte a mi lado, mierda, ni siquiera puedo retener tu imagen en mi memoria.



Y vamos a olvidar, porque nadie merece vivir para siempre, ni siquiera en un recuerdo. Te voy a olvidar, seguro. Voy a olvidar la manera en que lloraste cuando me fui y tù vas a olvidar la manera en que sentì miedo. Porque siempre tuve miedo.



Vamos a olvidar la vergüenza y vamos a olvidar este dolor. Vamos a olvidar que querìamos sostenernos la mano, y vamos a olvidar todas las veces que tuve que desviar la mirada para que nadie notara lo que sentìa por ti. ¿Vamos a olvidar?



Vamos a olvidar la culpa y la recordaremos cuando seamos castigadas. Por querer lo prohibido, por soñarlo y por experimentar aquello a lo que no tenìamos derecho. Vamos a olvidar el pecado, pero nunca dejaremos de ser pecadoras. Vamos a olvidar el placer, pero no evitaremos que nos pasen la factura por ello.



Pero no sè cuànto tomarà. No sè cuànto tarda el olvido en llegar. No sè cuànto tarda en visitarnos si le cerramos la puerta.



Y tendrè que recibir el castigo incluso cuando sè que no podrè soportarlo, porque tampoco soportè el deseo de besar tu boca ni acariciar tu cabello, no soportè la necesidad de soñarte, ni el miedo de perderte. Pero nunca me perteneciste, porque a mì no me toca tener las cosas bonitas, a mì me toca dañarlas.



Asì que serà doble el castigo, por desear tener algo que no merecìa, y por intentar tenerlo y dañarlo. Asì que perdòname, por dañar tu belleza al llenarte de miedo, por traicionar tus ojos hacièndoles llorar, por pervertir tus manos al tenerlas entre las mìas.



Pèrdoname, porque ni tù ni yo merecìamos que me quisieras, pero lo hiciste. Me quisiste bonito, y de verdad. Me quisiste cuando tenìa pesadillas, y ojeras, y un cigarrillo entre los dedos, y toda la negatividad en la mirada. Me quisiste cuando te confesè mis pecados y me quisiste cuando fallè a mi potencial. Me quisiste cuando esperabas una respuesta y yo me quedè en silencio. Me quisiste cuando te fuiste, cuando volviste y cuando yo te escribì poemas rotos acerca de còmo todo podìa salir mal. Me quisiste cuando te dije que deseaba no sentir el amor que te tenìa, cuando te dije que era mejor estar lejos. Me quisiste cuando mi incoherencia me llenaba de miedo al mismo tiempo en que yo besaba tu cuello.



Me quisiste bonito, niña, como se puede querer a lo que va a morir. Y yo te quise lo màs bonito que pude, con lo poco que te pude dar.



Te soñè, te extrañè, te adorè, y te dejè ir. Porque los mortales no entendemos la eternidad, y por eso no podemos estar seguros de hasta cuàndo nos perseguirà el recuerdo.

sábado, 26 de mayo de 2018

It really is.


We used to be scared

Of the storm

Of the night

Of the forest

Of ourselves.

 

We used to run

And hide

It was fun for us

It was never a necessity.

 

 

We used to be scared of the waters

So we would hold hands

And then we wouldn’t drown.

Later we’d learn

That water

Wasn’t the only thing

That’d drown us.

 

We grew up

And weren’t scared

Of the storm

Nor the night

Nor the forest

Anymore.

But we’re still scared of ourselves.

 

We’re still running

Still hiding

But it’s not so funny anymore.

 

We’re not scared of water

But it’s not the only thing

That could drown us.

 

And you let go of my hand

But it’s okay…

 

It really is.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Silencio.


Todo lo que conoces

Se está convirtiendo en trozos

De mentiras desparramadas

Que nadie quiere reconocer.

¿No dirás nada?

 

Ves el sufrimiento

En los ojos de quienes amas

¿No dirás nada?

 

No es tu culpa niña, no lo es

Pero cuando miras sus ojos tristes

Sus manos cansadas

Sus abrazos más prolongados

¿No dirás nada?

 

¿No preguntarás, niña?

¿No compartirás tu dolor?

 

Solías hablarle a un árbol, ¿recuerdas?

Le contabas cosas y hacías preguntas

¿Guardará ese árbol tus secretos?

¿Los guardarás tú?

 

Estás a una llamada

Pero  la distancia te pesa en los huesos

¿No harás la llamada, niña?

 

Te alimentas de la frustración

De la añoranza

Del rencor

¿No los sacarás afuera?

 

¿No serás el refugio?

De aquellos que también tengan dolor

Para que puedan sacarlo afuera

Y respirar.

¿No los escucharás?

 

¿Te quedarás en silencio?

Apreciando la caída

¿Te quedarás en silencio?

 

Dime, niña

¿No has estado callada lo suficiente?

¿A dónde te ha llevado eso?

¿Te ha hecho feliz?

 

Si quieres que el silencio sea tu hogar,

Quédate en él.

Pero no hagas tu hogar de algo que te hace infeliz.

 

Si llevas toda la culpa a cuestas

¿No pedirás perdón?

En voz alta niña,

Que tus susurros no llegan a mis oídos.

Más fuerte, niña, no tengas miedo

¿Acaso no te lastiman las palabras atascadas en tu garganta?

 

Grita, niña, sácalo afuera

Llora tus penas

Pide tus disculpas

Declara tu amor

Que no siempre

El silencio concede.

 

No siempre sabrán que los amas

Que los extrañas

Que los apoyas

Que te duele

Que entiendes

Que perdonas

Si no dices nada.

lunes, 24 de abril de 2017

Botando Risas, Ignorando al Amor y Negociándolo.

No sé qué tan difícil sea para ti, hacer tantas cosas sin sentir nada. Todo este tiempo me aferré a la idea de que no es posible que una persona no sienta, no sufra, no quiera. Pero tú, con tu juego de manipulación declarada pero inevitable, con tu victimización a todas luces fingida, pero creíble al final, me convenciste que hay personas que sí pueden cerrar su corazón. Yo nunca pude. Insensibilizarme, ser indiferente. Siempre tan expresiva, ilusionada, patéticamente aficionada a la idea de ser feliz. Pero eso también fue un logro tuyo: hacer que me endureciera, aunque fuera sólo un poco.

La parte más costosa de seguir adelante fue aceptar que no perdí tu amistad o se desperdició una gran oportunidad de ser felices, que en realidad, esa oportunidad no existió y tú y yo, nunca fuimos amigos. Bueno, esa parte aún cuesta digerir. Después de todo, cuando me volviste a buscar pude haber creído de nuevo que me considerabas tu amiga, pero ya sabes, en ese momento ya me volví más fría.

Lo que más duele de perder una amistad, es saber que una vez más toda la confianza no valió nada. Por eso, lo más difícil siempre es luchar para no rendirse, no aceptar que nunca valdrá nada lo que te esfuerces o lo que sientas. Bien sabes que nunca te confié un secreto, ni mis sentimientos, ni mis sueños... Pero tú sí, y no entiendo porqué seguí sintiendo que fui yo quien te perdió.

Lo hiciste a propósito. Porque estás acostumbrado a que la gente piense que no tienes solución, y crear otro problema era sólo una forma de demostrar que yo también podía ser parte de la diversión. Fue tan notorio, pero sutil, bien calculado, que resulta hasta irónico pensar que fue algo improvisado. Por eso, me pregunto cómo fue que no reaccioné y lo detuve, porqué me dejé llevar por aquello que a todas luces me iba a lastimar.

Te tomaste el tiempo de conocerme, convencerme de que yo te había lastimado primero, porque tú me quisiste primero. Me miraste a los ojos y dejaste al descubierto todo lo que te atormentaba de mí, los miedos que te inspiré y tus intentos por vencerlo, tu debilidad y tu rendición. Me preguntaste qué pasaría con nosotros, qué era lo que yo quería. Me dijiste que te arrepentías, que tenías miedo aún, pero podías hablar de ello porque estabas ebrio. Me hiciste llorar, reír, me pediste perdón por ser cobarde, me tomaste fotos como si así pudieras conservarme, me pediste permiso para acercarte, me diste a elegir cada cosa, me miraste como si tuvieras miedo de decepcionarme.

Yo sólo no podía creerlo. Te hacía tantas preguntas, tratando de encontrarle sentido a todo. Por fin, yo había comprobado que sí sentías, que sí deseabas, que sí querías... sólo no me esperaba que fuera a mí. Pero qué tontería.

Lo sabías, sabías que yo te apreciaba y lo usaste en mi contra. Vi eso tantas veces... pero aún me sorprende. ¿Cómo es posible que alguien utilice el amor que otra persona le tiene, para lastimarla? Desde que te conocí, siempre me pareciste atractivo, siempre interesante; pues tú, más que cualquier otro chico idiota, eras consciente de serlo, e ibas de frente con tus pensamientos. Te quería, sí, pero me gustabas apenas. Te quería porque eras mi amigo, porque teníamos confianza y porque podía verte a través. Incluso cuando me lastimaste tanto, sólo me gustabas apenas. El amor que se tiene al amigo siempre es más fuerte que enamorarse de unos ojos fascinantes y un corazón adictivo. Porque ese eras tú: fascinante y adictivo.

Cuando fue tiempo, y tú quisiste explorar todas mis emociones, empezaste a tratarme de esa manera en que tantos otros me habían tratado, y sabías que era lo que me había llenado de cicatrices. Empezaste a ser frío, a hacerme sentir como si te hiciera perder el tiempo. Tenías esa pose de que no te importaba realmente nada, pero te molestaba que no te hablase o que no compartiera mis pensamientos. Me dijiste que te enojaba mi silencio, y seguiste hablando de ti mismo, seguiste sacándome fotos, y recalcando que habías dejado de fumar y yo no. Entonces fuimos de nuevo a tu casa y seguimos con nuestro juego de fingir que no sabíamos qué era lo que el otro quería. Tú fingiste no saber que yo quería que me tratases como lo hiciste al principio, y yo fingí no saber que tú estabas jugando deliberadamente con mis emociones.

Casi al final, me preguntaste burlesco si estaba llorando, y te volví a obsequiar mi silencio, como premio por haber jugado tan bien con mi corazón. Tal vez yo nunca supe cómo amar, o cómo ser una amiga. Una vez leí que no puedes poner a todas las personas por delante tuyo y pretender que eso cuente, entonces, supongo que nada de lo que hice contó. No me enamoré de ti, pero vi lo lastimado que estabas por las situaciones que te habían tocado, y te quise de una forma que hasta ahora no puedo reparar.

Tal vez por eso, luego de que me volviste a buscar y yo pretendí que no me importaba saber de ti, que no me dolía pero tampoco te quería... no pude mantener ninguna línea de contacto abierta por más tiempo. Aún así, una noche fría de abril, me encontré a mí misma buscándote por la ciudad. A pesar de que yo me había mudado a una ciudad tan enorme que los secretos sí existen, yo esperaba verte en la fila de supermercado, pagando por litros incontables de alcohol. Pero no estabas, nunca estuviste.

Así que al final de todo (y a pesar de que siempre supe de ti, pues proveníamos de un pueblo tan pequeño que nadie tiene idea de lo que significa tener un secreto), sigo pretendiendo que no me preocupo por ti, a la par que te veo en las poesías... Y ya no puedo confiar del todo en que soy amiga, amante, que deseo, o que quiero.

jueves, 30 de marzo de 2017

Enamorarse de lo inesperado.

La ciudad dorada derrama su hermosura cada noche, para ser estrujada al amanecer y resecada por el sol.

Gigantes edificios alzándose con tanta majestad; cuando el alumbrado público no deja ver sus grietas, el peso de los años resquebrajando su elegancia, las manchas del tiempo llamando al pasado que no sobrevivió. Y entonces, en una noche cualquiera, te olvidas del miedo que te dan las ciudades grandes, y te enamoras de las guirnaldas de luces y los balcones donde la música fluye y el amor vuela.

Ahí, donde amaneces con la frente bajo el rocío y los pies balanceando, donde se negocian las miradas y todo es desconocido y luego ya no, y después vuelve a serlo. Ahí es que me enamoré de sonrisas fugaces y esquinas llenas de historias de las que sólo me tocó ser testigo.

Sólo fui una espectadora fugaz de una ciudad que es más grande por los secretos que guarda, que por su tamaño. Una ciudad que cuando es de día vuelve al ajetreo de personas corriendo de un lado a otro, que no levantan la vista ni separan la oreja del celular.

Desearía que cada uno atestiguara la elegancia de una ciudad que en silencio presencia el paso de tantas vidas, la promesa del progreso, y la desilusión de cada amanecer, cuando vuelve a estar llena de humo y suciedad. Desearía que escuchen el sonido de los escasos pies que la recorren de noche, y lean los misterios que escriben en las esquinas los trueques hechos a escondidas. Desearía que les alarme la creciente dificultad para ver las estrellas, cómo cada noche se marchita un poco más la belleza porque la descuidan en el día.

Quisiera que el encanto no se rompiera cuando se hace de día, poderme enamorar también con el sol alumbrando, y no sólo con la luna entre las nubes. Quisiera sentirme también, como si fuera mi hogar. Al final, sé que soy una espectadora que en las noches se enamora, y en las mañanas recuerda que también tiene que correr... Excepto en las lluviosas, porque hasta de día se enamora de la lluvia.

viernes, 10 de febrero de 2017

Querer y dejar ir.

Te irás. Porque no viniste para quedarte y yo no quisiera atarte. Las heridas sanan y las cicatrices no duelen si uno quiere... Pero yo te quiero. Quedarás en mí como una cicatriz que veré en el espejo cuando no tenga ropa, porque cuando no tenía nada tú eras el que quedaba, siempre...

Serás otra cicatriz pero yo no me acostumbro. Todos llevamos marcas, pero tú siempre fuiste el más marcado, el más oscuro, el más querido porque sabe lo que es no querer.

Yo siempre quise más amor, más atención, más miradas. Tú nunca me abrazaste como yo esperaba porque siempre fuiste mejor. Siempre lejos del resto, entendiendo todo y callando a menos que tuvieras un oído atento cerca. Recogiendo recuerdos que te golpearían con ciertas músicas, cerrando los ojos cuando la espalda sangraba por el puñal de la traición de algún amado.

Yo siempre fui insignificante, aunque pretendiera lo contrario. Hasta que tú me miraste con los ojos del que todo lo entiende y siempre guarda paciencia. Porque la necesita, porque se enoja y ya se destruyó demasiado a sí mismo.

Me tomaste de las muñecas e impediste que siguiera arañando mis piernas, me besaste en la oreja y sonreíste. Recitaste un "Ya está, no es para tanto", que primero hizo hervir mi sangre de los nervios y después se convirtió en una terapia de auto control. Dejé de llorar (tanto), aprendí a aceptarme y a esquivar de puntillas los vidrios de la decepción. Es un trayecto muy lento, pero tranquilo... El de no sufrir de más.

Rocé los bordes del amor y giraste la cara porque no querías que yo sufriera, por más que me guste hacerlo. Yo volví a llorar y tú a entender, nuestro ciclo eterno. Con paciencia, cariño y discusiones leves construimos un hogar de medianoche. Hasta que me tocó dar el siguiente paso y abandonarlo.

Me fui y tú sólo sonreíste, me agradeciste por haberte enseñado tanto y llaveaste nuestro rincón para esperar tu siguiente aventura. Me marché en silencio, con mi cabello despeinado y miles de recuerdos. Tú siempre decías, lo peor de perder a alguien es que se lleva consigo todos los recuerdos que fueron sólo de los dos.

No me olvides, querido, no me dejes con una mitad perdida. Sigo siendo frágil y sigo creciendo, pero nunca dejo de recordarte. T

jueves, 2 de febrero de 2017

Al final, yo me lancé primero.

Entono un Aleluya y todo encaja como piezas en un puzle de cristal.”

Y así nos fuimos. Un año de amistad desordenada en la que los dos reprimíamos deseos y nostalgias. Para que al final en un último encuentro descarguemos todo el amor que no nos habíamos dejado sentir.

Tú, todo el tiempo frío e indiferente, te alejaste de mí sin explicación, para luego reprochar que no hubiera reconocido tus sentimientos. Y yo qué iba a saber que te fijarías en mí y te enamorarías de mi voz que tanto te exasperaba. Me pedías que me calle y yo no entendía por qué te reunías conmigo si no querías verme, yo sólo me quedaba ahí para escuchar tus historias familiares y tus aventuras de borracho.

Te busqué mucho tiempo hasta que al fin pudimos emborracharnos y sacar afuera todo lo que habíamos callado. Yo siempre estuve llena de miedos, pero al final tus miedos le ganaron a los míos. Permaneciste escéptico ante la posibilidad de que yo te quisiera, y seguiste defendiendo lo indefendible con tal de hacer como que no importaba.

Podrás decir lo que quieras, pero estar contigo fue como encontrar un rincón en el mundo del que no necesitaba escapar. Despertar en tu cama y encontrarte mirándome con tus ojos atormentados, mirándome como si nada tuviera sentido, abrazándome con la desesperación de quien no sabe demostrar afecto, pero esta vez está dispuesto a hacerlo. Te miré durante horas porque yo tampoco entendía, olvidé el protocolo porque contigo nada era convencional.

Fue en una mañana de domingo que los dos actuamos como que las cosas no empeoraron, como que mi alma no se enamoró de tu ceño fruncido. Nos despedimos como si ignoráramos que no nos volveríamos a ver, y me fui caminando despacio, sin creer aún que me estaba alejando de la aventura más emocionante que había vivido.

Pero todos morimos también, y me enojaría contigo por ser presa del miedo si yo no entendiera lo que es ser una presa de él. “Todo es mi culpa, el tiempo perdido… No me mires así que me estás enamorando.” Yo ya no tengo miedo, desde que me bajé de tu motocicleta y supe que llegamos al final del precipicio. Ya no tengo miedo porque la muerte nos besa el cuello mientras los dos deseamos que no importara.

Yo ni siquiera recordaba tu voz, después de tanto imaginarte y no encontrarte nunca. Me dijiste que tú no olvidabas la mía, una voz desesperada pero liviana… Y yo me congelé pensando en que nunca nadie me había admirado, nadie había apreciado las cosas que yo no notaba, nadie había dicho que yo era un oído cuando todo lo demás está en caos. Pero ahí estabas tú, lleno de miedo hasta para besarme, pidiéndome permiso para tocarme, como si yo me fuera a desintegrar ante tus ojos.

Mi mirada en el espejo está oscurecida por tantas despedidas, y ahora sueño todas las noches con despertar en tu cama y encontrarte pensando, aunque dijeras que no podías pensar.

domingo, 22 de enero de 2017

Entiende que el mundo es grande y su recuerdo también.

Me miras apenada y acompañas a tu amiga al jardín, yo sólo sonrío y doy vueltas al vaso que tengo en mi mano. Muchas personas me miran y siguen un patrón: muestran aparente deseo de hablarme, y luego desvían la mirada. Tú me miras a través del vidrio de la ventana y finges que no te molesta.

Sabes cómo soy, que prefiero los rincones donde observo todo en silencio. Sabes que mi tristeza aumenta mientras más alegría necesito, que cuando hay mucha gente me aparto para no molestar, y me asustan sus miradas expectantes de la misma forma que la indiferencia.

Sabes que cuanto más grande la fiesta más nostalgia me da, porque entre tanto abrazo uno se acuerda del hogar, y con tanta distancia la nostalgia se nutre.

Sabes que hogar son sus ojos cuando le resta importancia a los problemas y me hace cosquillas. Cuando la soledad llega y él la invita a sentarse mientras se toma un último momento y me mira. Luego se va y me deja con ella, porque es buena amiga suya y él tiene otras cosas que atender.

No te enojes porque no puedo, bien sabes que a veces lo veo entre la gente como una ilusión. Y es que toda la gente tiene pedacitos similares, pero él es completo con todas sus grietas. Sabes que procuro, que si no quisiera no vendría. Que si no estuviera dispuesta a avanzar seguiría dibujando en las canciones pedazos de sus sonrisas, así como me encontraste.

Bueno, ya estás harta de saber. Yo sólo me quedo en mi rincón a seguir tratando de recordar que el mundo ya existía antes de conocerlo, y no terminó cuando dejó de mirarme, aunque haya perdido la luz. Que sí sé, tanta nostalgia no me lleva a nada. Pero los abrazos que me da la nostalgia tienen el sabor más cercano al de su cabeza sobre mi hombro una noche de agosto.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Otra madrugada para esconderse. Recostada en su pecho, respirando en su cuello. Y él por tercera vez en todo este tiempo acarició mis manos. Esperando el momento adecuado para fumar sin que nos descubran, cuántas discusiones podemos tener en cinco minutos... Bueno, siempre gano todas, pero perdí la apuesta más grande cuando me enamoré.

Ignoro el dolor de saber que cuando se acerque el amanecer seremos dos desconocidos de nuevo, y sonrío por sus travesuras. Es sólo otro muchacho desobediente al que le encanta jugar, pero cómo no derretirme con sus debilidades.

Una pequeña siesta después del sexo, y volvemos a ser dos niños tímidos con un montón de secretos que esconder. No queremos que nos atrapen, pero tampoco le tenemos miedo al castigo. Para eso estamos: para romper las reglas y encarar las consecuencias. No fingimos ser buenos, ni mucho menos inocentes. Pero jamás reconoceríamos que nos portamos mal juntos.

Él por su camino, yo por mi desvío. No hay que dejar en evidencia que llevo su aroma y él mis mordidas. Después del descanso necesario él vuelve a picotear los labios de cada chiquilla loca que está detrás suyo, pero siempre sin que la oficial se entere. Después de cerrar mis ojos y pretender que no le quiero, vuelvo a refugiarme en los brazos del que comprende lo descarriada que estoy. Al menos a una persona se le olvida juzgarme.

Y así vamos, en esta rueda que está en llamas y a punto de explotar, esperando la ocasión exacta para saltar. Queremos cicatrices, pero tenemos que sobrevivir para las siguientes batallas. No soy su última amante, ni él mi último caballero a quien no puedo rescatar.

Sólo somos un encuentro pasajero que pronto ha de acabar.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Y el cosmos se desintegraba cada vez que pestañeaba.

Cuán extraño es que el reloj marque la hora 00 y todo comience de nuevo. Un nuevo día nace pero el mundo es el mismo que un minuto atrás. Al final sólo son números que usamos para medir el tiempo perdido, porque el aprovechado nunca notamos que pasa.

Aún más extraño es que nos aferremos tanto a algo como el tiempo, que no nos tiene ni la mínima consideración y se va cuando quiere. Vivimos dependiendo del tiempo, como si a él le importaran nuestra vida o muerte. Al final de todo, el tiempo es tan independiente que no podemos acusarlo de cruel, él no es simple como nosotros.

Nosotros, que nos pasamos la vida malgastando momentos para luego arrepentirnos de  no aprovecharla. Y deseamos que el tiempo vuelva, pero vamos, él no es tonto. No podemos pedirle perdón a algo que no se detiene porque ni escuchará, ni le importará. Es nuestra condición de humanos: nuestra potencial arma se convierte en nuestra mayor debilidad.

Entonces llegó un punto en mi vida en que me dispuse a aprovechar el tiempo, a asumir riesgos y a no tener miedo, porque se me iría la vida sin conocer el amor verdadero. Pero eso  nunca existe para quien quiere recorrer la vía láctea en un solo día y sentirse libre así.

Pero descubrí que el amor eterno también son las miradas fugaces. Esas que ella y yo compartíamos cuando pretendíamos que nuestros cuerpos no ardían de necesidad de conocerse. Hasta que las miradas fugaces se convirtieron en ojos cerrados y mordidas en el cuello. Y las mordidas se convirtieron en besos para cada cicatriz. Y las cicatrices resurgieron como batalla. Y la batalla se libró entre sus piernas y las mías.

Y por un fugaz instante –o tal vez uno eterno-, dejé de temerle al tiempo. Porque el tiempo se atascó en su clavícula y se detuvo para descansar en su lunar. Y la miré crecer y hacerse fiera, vi cómo se hizo fuerte y libre. Me tocó ver cómo su libertad aplastaba la mía. Y mientras más independiente era ella, yo más dependía de sus besos en el lóbulo de mi oreja.

Pero entonces fue ella quien se asustó del tiempo. De todo el tiempo que pasaríamos explorando mutuamente nuestros lunares, y todo el que perderíamos explorando las lunas. No quería dejarme pero tampoco quería quedarse, y yo seguía tan impresionado por su belleza que me atasqué también. Y guardé silencio mientras ella peinaba las estrellas en su cabello y se marchaba con sus pies prácticamente flotando sobre la alfombra. A mí sólo me quedó la sensación de su presencia encantando mi habitación, y un pedazo de galaxia que me regaló cuando aprendió a amar.

Y sin darme cuenta me quedé sentado mientras el tiempo pasaba. No podría asegurar que lo desaproveché, pues no creo que soñarla sea perder el tiempo. Creo que haberla tenido fue vivir la intensidad de todo el cosmos, y que ella es magia pura. Nunca podría haberla hecho volar tan alto como sus propios pies, y es por eso que nunca reprocharía su abandono. Yo sólo fui otra vida que alimentó de sueños, sólo otros ojos que ella cautivó.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Y te olvidaste de mi amor como cualquier persona olvida sus llaves.

Setecientas palabras susurradas en una habitación con la luz apagada. No, no fueron setecientas promesas. Fueron setecientos Adioses que no te hicieron llorar, porque no había luz.

La inquietante costumbre de hacer de cuenta que no pasan las cosas con la luz apagada, cuando en realidad toda nuestra vida se podría resumir en las aventuras vividas en la oscuridad. Tuve que decirte adiós en ese pequeño mundo de buscar nuestros labios a tientas, porque si no, no habría sido real.

Y entonces te pusiste a recordar la época en la que no nos escondíamos, cuando no éramos nosotros porque no sabíamos mostrarle la lengua al miedo. Cuando no nos escabullíamos hasta el balcón para fumar, ni intercambiábamos miradas furtivas durante la cena.

La frustración me hizo abandonar nuestro rincón de pasiones, pues nunca tuvimos el suficiente valor para amarnos bajo la luz del sol. Está bien mi niño, sé que no te gusta enfrentar las miradas, como a mí no me gusta mentir.

Amarnos, digo. Como si se te hubiera ocurrido hacerlo... Estuvimos contándonos secretos cuando mis padres no estaban, y entregando nuestros cuerpos cuando dormian. Y que contradictorio es cómo funcionamos en la cama, como nos golpeamos en cualquier situación, y cómo nos desconectamos en publico.

Nada tiene sentido para mí si yo me podría pasar horas escuchando tus historias de chico travieso, y con una palabra tu destruyes en mi cabeza todo lo pintoresco de mis aventuras. He estado tratando de ser indiferente al innegable hecho de que  nuestra aventura no pudo escapar del ciclo finito de cualquier amorío, pero no puedo pretender que no te irás. Así que me voy yo, antes de que te asustes del todo.

Sabes que podría gritarte lo mucho que me encantan tus imbecilidades, como cuando pido a gritos que me regalen un cuento. Pero tú prefieres que susurre mis deseos en la oscuridad, y eso es más hermoso aún... Si tan sólo pudieras enamorarte de mis cicatrices.

Qué hago pidiendo que me ames. Tú me pides que me voltee. Te exijo que me pertenezcas, me lo prometes. Me pides tu nombre, me ahogo en gritos. Te ahogas en suspiros, me dices que te traigo loco. Pero, ¿qué sabes tú de perder la cabeza por mí? Si sólo me deseas suerte cuando me ves hundiéndome, y te vas mirando al suelo.

Yo te puedo hablar de locura. De esa locura que me sale de adentro cuando improvisas una escena del exitoso futuro que tendrías a costa de tus besos, locura es esta sonrisa que me sale al recordar que cantas las canciones de las caricaturas cada vez que te emocionas por algo. Locura es mi necesidad de mirarte demostrando que eres sólo otro humano.

Sí, rompí las reglas. Violé el pacto y empecé a imaginarte queriéndome. Lo sé, no es culpa tuya. Pero cómo puedes esperar que no cale profundo en mi corazón el sonido de tu respiración cuando duermes a mi lado.

Así que prende la luz y no te sientas con derecho a reclamar. Te dije que la gente se cansa de los hijos de puta, te dije que yo era así, te dije que tenía miedo. Ya no soy comprensiva ni tengo tiempo para entregarte mis besos, porque estoy muy ocupada extrañándote.

Devuélveme mi indiferencia, y yo te devolveré tu tiempo para que salgas a conquistar. ¿No puedes hacerlo? Bueno, yo tampoco quería darte nada más.

sábado, 8 de octubre de 2016

Y entonces te marchaste mirando al suelo. ¿Quien podría comprender tu abandono? Si te quise cuando me mostraste toda tu oscuridad, y te amé cuando me mostraste tus fallas.

Te fuiste, y yo me quede sin comprender tu partida. Te fuiste, y yo me quede extrañando tus travesuras.

Cada pequeño descontrol en mi cama mientras mis padres dormían, y tú tenias miedo de que nuestra mentira se escurra por mi ventana. Decías que te sentías querido, pero nunca me quisiste. Decías que confiabas en mí, pero nunca escuchaste mis secretos.

Y entonces, estoy aquí con una botella en la mano y un papel escupiendo el dolor que me hiciste sangrar. No eres nada más que el ideal que creé en mi cabeza, y yo no soy nada más que quien te regaló besos y siempre te dejaba con ganas de más.

Te fuiste y yo lloré por todos esos secretos olvidados de nuestras madrugadas vagando por el barrio. Tal vez ahora puedas entender que ella no amará tu oscuridad, o tal vez más tarde lo hagas.

Yo también me fui, derramando lágrimas en el camino para que sigas mis rastros y me encuentres. Pero nunca miraste hacia donde caminaba, porque estabas ocupado encendiendo tu cigarrillo. Me fui, y no lloraste ni pediste perdón. Me fui, y de inmediato olvidaste cómo me escapé de mí misma para amarte.

Y no, mi querido chico de cabellos complicados. No podré sangrar más, tendrás que conformarte. La vida me desgastó y tú te alimentas de tristeza. La vida me golpeó y tú no me defendiste del huracán que llevaba tu nombre.

Está bien, nunca te declaré mi amor ni dejé que notes cómo te miraba cuando estabas distraído. Cada risa tuya se marcó en mi piel y cada lágrima quemó mi corazón.

Vete de nuevo, para saborear tus besos como si fuera la última vez una vez más. Y qué se le puede hacer, si ves su cintura y te pierdes. No queda más que alegrarme por ti y desear que el amor que te tengo te llegue de alguna forma en los abrazos que ella te da.

Tu fidelidad es cuestionable y mi olvido es reprochable. Nuestra aventura es pasajera y mis labios para la entrega. Si no estas tú, tendré que llenar la soledad.

Tantos versos te escribí y tú nunca te diste la vuelta a mirarme. Tantos sueños te dediqué y tú nunca pudiste tomarme de la mano. Lo que hubiera dado por hablar con tus padres y agradecerles por no usar protección.

Me voy ahora, cansada pero conforme. Con una temporada de tus besos y una vida llena de secretos que nunca nadie entenderá. Me voy, y te tiro un beso para que recuerdes que tú tienes mi corazón.

Gracias por la cicatriz en la muñeca y las madrugadas de pasión.

jueves, 29 de septiembre de 2016

De cuando olvidé cómo se sentía la fugacidad.

Y cuando crucé la calle ella estaba ahí, mirándome. Podría jurar que el mismo satán bailaba en su sonrisa y se deslizaba hasta acurrucarse en su cintura. Entonces supe que hogar eran sus pies recorriendo la casa en busca de un libro.

Y qué iba a entender yo de nada, si sus caderas se menean al ritmo del buen rock. Ella gritaba más que yo en los conciertos, y se entregaba por completo a la música. Envidia sentí de su almohada, sería capaz de absorber sus lágrimas en busca del misterio del cosmos.

Me fui derritiendo con su cabello en mi pecho cuando dormía su siesta improvisada. Y nunca dejó de impresionarme ver su cuerpo descansando en mi cama. La vida dejó de tener sentido sin tomar limonada con ella, sus pequeñas adicciones calaron profundo en mis costumbres y yo me hice adicto a verla hacerse pedazos para luego resurgir como fiera.

El tiempo no existe si la veo desarmando poesías para luego reescribirlas añadiendo más tristeza siempre... Y luego sonríe y la muerte es súbita. El tiempo no existe si ella está por encima de lo humano, y por debajo del estándar.

Acaricia a las bestias y las destruye despacito, con paciencia. Las destruye pero se enamora. Se destruye ella sola porque nadie más tiene derecho a hacerlo, y ella necesita destrucción.

Recuerda cada cicatriz que tiene y las mima, porque son historias que la llevaron a donde está. Ahí, sobre el escenario de mis pesadillas aplastando cada miedo. Y no se arrepiente cuando mira para atrás.

Me costó muchos años encontrarla, y a ella unos cuantos más en amarme. Y qué se yo si ella me ama, tal vez sólo ame al cielo y todas las preguntas que no puede responder.

Es una coleccionista de acertijos y una creadora de aventuras. Yo sólo soy su fiel seguidor. Mi Juana de Arco llena de renuncias. No pierde el tiempo mintiendo, y dejó de llorarle a la soledad. Ahora sólo acaricia su cuello y se entrega de lleno a la ambigüedad.

viernes, 26 de agosto de 2016

De la fugacidad y sus cadenas.

Amores no consumados. De esas largas miradas y besos a medias, secretos interminables detrás de la casa, susurros olvidados de una juventud que es demasiado fugaz para terminar de disfrutarla.

No, no quiere que yo me vaya, pero tampoco me toma de la mano. Y yo esta vez sólo quiero un beso de buenas noches sin tanto drama posesivo.

Después de tanto escaparnos de madrugada a recorrer el barrio, él medio borracho y yo queriendo fumar. Escondernos en construcciones abandonadas para descargar una frustración que no tendrá fin mientras no deseemos lo suficiente la libertad. Queremos volar, pero queremos atarnos el uno al otro hasta hartarnos y odiarnos. No hay punto medio.

Yo me escapo para verlo, pero de vez en cuando también escapo de él. Para rechazar algunas propuestas y exfoliar mi memoria de tanta suciedad de sus besos. Como niños jugando con el barro que no quieren lavar su ropa.

Y qué se le puede hacer, si borracho él no quiere que lo deje, y sobria yo sé que debería. Aunque nadie hace lo que tiene que hacer, porque somos lo suficientemente caraduras como para seguir mirándonos a los ojos y burlarnos de nosotros mismos.

Hey, no, no quiero que te canses de mí. He estado esperando esto por mucho tiempo, y es mucho más placentero de lo que imaginé. Y más doloroso también. No podemos escapar de todo. Un día nos alcanza y no debemos mirar para abajo, que ahí están las colillas y toda nuestra honestidad.

Se despide con un apretón de manos, tan impersonal como fue toda esa pasión rencorosa. Se va con la capucha puesta y el orgullo a cuestas. Y yo sé que esta vez se va en serio.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Y me fui.

Hay un montón de marcas en mi vida de tu paso por ella. En mis cuadernos y libros, en mis uniformes, en mis bolsos. Iniciales, frases, garabatos… Representan a una juventud llena de sentimientos de pertenencia o sumisión a un amor intenso y estúpido, como dos tontos haciendo promesas tan cargadas de nada, que dolían como un castigo colosal por creer que entendíamos el mundo.

Y cuando entendimos que no podías comprender mis preguntas ni yo tus respuestas sin terminar, nos alejamos de la base de nuestras creencias y nos apoyamos en lo inestable de lo efímero. Porque la eternidad no existe entre dos personas que no se miran a los ojos, y tú y yo sólo sabíamos mirar nuestros errores.

Así que tú empezaste a hablar más fuerte aún sobre las cosas que no comprendías, y yo a callar mis pecados de la noche anterior con un bonito vestido y una sonrisa inocente. De vez en cuando cruzábamos nuestras noches, y fingíamos olvidar tus calumnias y mi poder de destruirte. No calumniábamos ni destruíamos lo que no existía entre nosotros, y por eso nos encantaba estar juntos sin títulos ni compromisos.

Aunque “estar juntos” no es la manera correcta de describir nuestra descarga de pasión juvenil e injustificada, era la única manera de describir lo complicado de nuestras sonrisas cómplices y propuestas susurradas entre cruces premeditados.

Lo que pasa ahora es que cada objeto tiene una marca tuya, y me pregunto si mi corazón o mi vida estarán marcados también. Porque de vez en cuando te veo, y no hay pasión juvenil, ni compromisos callados, ni poderes en el otro. Me pregunto si conservas mis versos de chiquilla que te di cuando intentaba llegar a tu corazón, o si recuerdas las veces que te sentaste en mis piernas y me contaste de tu infancia.

Preguntas sin respuestas son la marca más grande que dejaste en mí después de todos estos años. Sólo espero que la jodida realidad te haya pegado fuerte como me pegó a mí cuando entendía que nunca, nunca podría crecer con la fugacidad de la que nos llenábamos mutuamente.

Y me fui.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Te recordé y no estabas vacía.

Estabas caminando sobre un tronco de un árbol cortado de tu patio. Le pediste perdón al árbol en nombre de la persona que lo cortó y caminaste en él fumando un cigarrillo. Bailabas también, bajo la llovizna que no bastaba para asustar a nadie bajo el sol de media tarde que impedía a mis lentes verte bien. Y te quise más que nunca en ese momento, me pareciste imposiblemente hermosa cuando con los ojos cerrados cantaste esa frase que te hacía querer poder volar.

Te quise proteger de este mundo injusto en el que tus sueños eran obligados a quedarse en tu cabeza y ser contados entre chistes de las cosas imposibles, entre fiestas improvisadas y en un círculo de amigos un poco más humano que todos tus demonios.

Recuerdo esa tarde en que dormiste una siesta sobre mi pecho, cómo quise besar tu cabeza y tenía miedo de despertarte.  Miedo. Siempre ahí, siempre estuvo el miedo más de lo que tú estuviste. Pero eso no importa ahora que te recuerdo paseando en ese tronco. Porque fuiste tan inestable con tu propia vida que yo no quería darme el lujo de ser inestable también, pero no pude.

Ojalá me volvieras a escribir, un cuento antes de dormir o un poema para regalarme sólo a mí, pero te fuiste encogiendo por no querer herirnos, y aún así dices que no tengo que sentirme mal. Vale, tal vez no es mi culpa, tal vez sólo quisiera otro tronco en el que mirarte u otro sueño para prometerte.

Y no es mi culpa, maldita sea. Di todo lo que pude y me quedé vacío, algo quedó en mí de nuestro paseo por la arena o del “no tengamos miedo” que susurré en tu cuello. No estabas lista para entregarme lo que le entregaste a personas sin rostro que luego olvidaron, y sabes que yo no te olvidaré. Pero seguro ya el arrepentimiento no llega hasta tus manos cuando profanas nuestras caricias  y nuestros encuentros casuales llenos de cosas que quedaron sin ser dichas.

Duele pensar en tanto hubiera que nos quedó manchado en la ropa, o en tanto quizá que borraste con otras bocas. Pero sigues siendo hermosa con tu voz que odias y tus rarezas, me gusta pensar que me muestras algo que no le permites ver a nadie que no haya sangrado tanto por ti como yo lo hice. Pero suponer no me basta para tomar decisiones, y a ti no te basta para quedarte.

Sé que entiendes un poco mis miedos, y que tú también quisiste salvarme del mundo injusto, pero no pudimos atajar todo el amor que se nos escapó por la ventana cuando mirábamos una película que no entendimos por estar besándonos.

La pasión reprimida no se acaba y tus culpas tampoco. Vayamos a algún lugar en donde olvidemos los nombres de las calles por estar ocupados hablando de historias fantásticas, y no nos importe perdernos.  Porque en la porquería en la que estamos en este momento, los días son sólo minutos y tú eres sólo una humana. En mi cabeza eres la destructora y fundadora de todo lo que conozco.


Mírame cuando te sangro, te dije una vez. Y tus lágrimas no te dejaron ver que yo seguía sonriendo. Mi oscura chica de inconformidades incoherentes, no bajes los brazos. Ve y enrédalos en el cuello de alguien que no te hable de amor. Yo aquí seguiré suponiendo un nosotros.

martes, 2 de febrero de 2016

De cuando el amor se acabó.

Qué hermoso eras
Cuando cerrabas los ojos al fumar.
Y yo me burlaba de tu dramatismo,
Y a ti te exasperaba el mío.

Y nos arañábamos.
Yo arañaba tu espalda,
Tu arañabas mi seguridad.
Nos hicimos polvo
Al querer volar.

Nos estrellamos.
Yo choqué con tus manos delicadas,
Tú con mi espalda torcida.
Y confundimos los tiempos
Entre pelear y amar
Y nos enredamos en el hilo
De nunca estar.

Así que vete cuando quieras,
Yo sé que volverás.
Para contarme tus problemas,
Y consuelo buscar.

Lo encontrarás en un poema
Que nunca entenderás.
Y te alejarás de nuevo
Y yo no me voy a quedar.

Fui todo por no rendirme.
Por no renunciar,
Por no irme.

Pero el tiempo
Y tu desencanto
Me hicieron ver
Que se gastó el llanto
En algo perdido,
Que nunca tuvo sentido.

domingo, 31 de enero de 2016

No me quedan ánimos para llorarte. Sólo los miles de Te amo que no te diré porque no puedo escribirlos en tu espalda con mis uñas. Y siempre eres el último al que pienso antes de dormir. Y tal vez mis pesadillas sean porque no estoy velando por tus dulces sueños. Pero ya no hay espacio para el arrepentimiento si mis versos van a la papelera y tus besos a otra boca. Los míos se pierden lejos.