sábado, 17 de enero de 2015
Tal vez, sólo tal vez, sea algo más.
Ni siquiera interpretas lo que escribo mientras sangro en el papel mis miedos y peticiones, no entiendes lo que digo porque no piensas en eso, sólo soy una cara bonita. Un escape del problema, la que puede distraerte.
Sólo soy otra cara bonita de sonrisa que debe ser protegida e inmortalizada, ¿y quién protege mis lágrimas? Las dejan marcharse, salir de mis ojos e irse lejos de ellos. Todos están ocupados en buscar una sonrisa para salvaguardar, ¿y quién guarda mis lágrimas en un tarro, quien las aprecia? No pueden apreciar mis lágrimas, porque al final del día entrego mis labios y sonrío. Porque al final del día soy un par de besos y un rostro bonito.
"Eres hermosa", repiten. Como si fuera que así me levantan el ánimo o aumentan mi autoestima, siendo que lo único que hacen es alimentar mis complejos. Quiero que a través de mis ojos alguien vea que soy más que unos ojos seductores y unas mejillas para besar en la despedida.
Quiero que aprecien mi inteligencia, o mi imaginación, o que pregunten la razón de las ojeras. Sin embargo, solo se fijan si sonrío ante las cosas que me susurran al oído. Pero, ¿quién está atento a mis lágrimas de madrugada? ¿quién responde mis preguntas y me ofrece algo mejor que un par de hombres hormonales y reprimidos?
Soy solo una cintura para abrazar de vez en cuando. Y no me quiero negar, porque la falsedad de esas muestras de afecto, no cambia el hecho de que sean las únicas.
sábado, 3 de enero de 2015
No fue un cuento de hadas.
Susurrás en mi oído sonrisas con sonido a te quiero. Me manejás con tu mirada de príncipe oscuro, y en este mundo no hay nada mejor que ser la doncella dispuesta a vivir en una torre, esperándote.
Pero cuando volteas tu rostro, tus cabellos claros me advierten que no podrás ir a buscarme, que en la mitad de camino perderás la batalla contra mis demonios y yo me quedaré en la torre mirando las paredes y hablando con las arañas.
No importa si es un segundo o toda una vida, pero después de bailar la danza de la lluvia en tus ojos de cielo; sé que quedaré con el vestido empapado y tu sonrisa de sol no podrá ayudarme.
Lo dijo ella: "No pueden estar juntos porque él es muy inocente para todos tus demonios. Le mostrarías el lado oscuro que él no conoce". Entonces puede ser que no seas un príncipe oscuro. Puede que no lo hayas sido, o que ya es tarde para no serlo.
Lo que sé con seguridad es que ya es tarde para estar despierta mientras camino por los pasillos con demasiada luz, que no combina con mi vestido negro.
Acaricio las paredes esperando que salgas con tu sonrisa inmaculada tirando a un lado tu camiseta ensangrentada, que agarres mi cintura y me susurres al oído una sonrisa con sonido a no me voy a ir.
Pero viene el mensajero de tu reino y me dice que se cancela el baile porque el príncipe estuvo muy feliz como para ver venir la luz o el vehículo.
Rompo mi vestido en pedazos, tiro el zapato por la pared y se rompe también, corto mi cabello con la tarjeta de invitación al baile. Corro por los pasillos con esa luz inútil que no me guía, hasta llegar al manzano.
Arranco la fruta y me despido de la ilusión de que me encuentres, yo iré a buscarte esta vez.
domingo, 9 de noviembre de 2014
Carta a aquel que no recordé.
Me pongo a pensar en ese treinta y uno de febrero en que me dijiste que me perdí en el tiempo y quedé atrapada en nuestra época de buenos momentos, que era tiempo de secar mis lágrimas y sonarme la nariz, porque no aguantabas otro drama y estabas cansado de hacerme llorar. Y mientras yo repetía “te amo”, tú repetías “perdóname”.
Y era cierto que estaba perdida; porque yo sabía que no era un treinta y uno de febrero, era un veintinueve, tu única oportunidad en cuatro años de decirme algo que marcaría mi lista de cosas en las que pensar cuando quiero olvidarme de poner la carta en un sobre.
Perdí la cuenta de las veces que te pedí que no me dejes sola, de las veces que te pedí que escribieras para mí, y de las que me pregunté por qué cuando me escribías algo, no podías expresar otra cosa que dolor. Y la única vez que respondiste a esa pregunta fue con una mirada, un beso en la frente y una sonrisa. Y ahora puedo decirte: La lástima chorreaba de tus labios cuando me diste ese beso en la frente. Pero no me importó, porque fingí llenar ese vacío con la sensación de tus dientes mordiendo mi labio inferior.
Creíste que tus manos encajaban perfectamente en mi cintura, pero al cabo de un tiempo terminó gustándote más como encajaban alrededor de mi cuello. Y tal vez en esta carta la mayoría de los recuerdos citados sean de acciones tuyas (no quisiera nombrarlas como errores), pero tal vez no sepas que la primera carta que arrugaste eran cinco páginas y media, que contenían los errores que yo pude recordar cometer, y que al final te pedía que me respondas con una lista de errores que había olvidado citar.
Y sé que es una tontería pretender que sigo sin sonreír; pero a quién engaño si digo que no extraño la piel de gallina que me provocabas cuando besabas mi cuello, que no tengo que clavar mis uñas en las palmas de mis manos para no acercarme a ti e intentar domar ese mechón de cabello al que siempre se le da por levantarse con el viento como si pudiera desprenderse de tu cabeza, y ser libre.
Hablando de piel de gallina, de uñas clavadas en la piel, de libertad… ¿Sigues fumando para olvidar que eres feliz? Ese último trago de cerveza que compartimos en la cocina de la casa de tu mejor amigo, cuando yo no quería estar en la sala escuchando sus groserías, y tú no querías mirar pornografía con ellos; ¿recuerdas ese trago de cerveza de mala calidad, que te hizo sostenerme el cabello mientras vomitaba toda nuestra relación en el patio de atrás de algún desconocido?
Si hubiera sabido que sería la última cosa que compartiríamos sin que evadas mi mirada, hubiese tomado más despacio esa cerveza, hubiese grabado en mi mente aquella broma que dijiste y que me hizo reír hasta tener arcadas, hubiese disfrutado más cuando le daba ese rodillazo en la entrepierna a tu primo que intentó tocar mis senos.
Apuesto a que hubiera podido ver cómo golpeabas a tu primo (me enteré una semana después, cuando al cruzarlo por la calle me pidió disculpas y vi su labio hinchado y las suturas arriba de la ceja, sin mencionar el brazo roto; vamos, no debiste desquitarte con él) si no me hubiera marchado luego de que me grites 6 groserías y media (eran las 04:18), me echaras de la casa de tu mejor amigo, y también de tu vida.
No cometas el terrible error de pensar que sufro al escribir esto, no, mi querido rey de las miradas rencorosas. Sigo preguntándome si algún día dejarás el egocentrismo de lado y te darás cuenta que no eres la única persona que tuvo el protagonismo suficiente en nuestra relación como para poder arruinarla.
Adjunto a esta carta un poema que escribí recordando ese 15 de febrero a las 16:34, cuando dijiste 19 elogios (uno por cada año vivido) y 36 groserías (una por cada día desperdiciado). Y si no abres esta carta, que es lo más seguro… No te preocupes, sé que me amaste, no dudo de ello. Pero ahora sólo escribo poemas en tu nombre y cierro mis ojos en las escenas sexuales de las películas románticas, porque no estás aquí para protegerme.
Espero que hayas notado que ya me ubico mejor en el tiempo.
lunes, 13 de octubre de 2014
El "Buenas noches" antes de morir.
Mis lágrimas no bastaron para hidratarte y darte vida, y yo no pude hacer más que seguir zollozando.
Pusiste una mano en mi cintura y yo una en tu hombro, pero en vez de danzar nos empujábamos, y en vez de mirarnos a los ojos buscábamos nuestros puntos débiles.
Ese susurro en mi oreja fue suficiente para que me abraces de la cintura, para que enlacemos nuestros dedos, ¡incluso para no tener vergüenza de despeinar tu cabello! Te hubiera dado más besos, pero las palabras sobraron. Y entonces los gritos fueron más intensos que las sonrisas, pero los abrazos lo eran más.
Hasta que quise escribirte una poesía, pero mi sangre no bastó y sólo llené unas cuantas líneas de puros dibujos triangulares con un bolígrafo azul.
Oh, protégeme un poco más esta vez. Vete, si quieres, pero antes ata mis manos para que yo no pueda destruirme. Haz esto por mí.
Quise escribirte algo durante días, todo un libro de despedida. Pero también quise hacerlo sin que mis ojos chorreen, siempre propensa a fallar.
Ven y bésame una vez más, deposita ese veneno en mi cuello y luego déjame morir sola. Es que yo quería que mis lágrimas sean suficientes para mantenerte con vida, pero no lo fueron, aunque tampoco quise dejar que salgas de entre mis brazos y vayas a buscar otra fuente.
Empecé a pensar en esto cinco minutos después de voltear, a escribirlo media hora después, y a terminarlo nunca. Pero ya terminó, después de todo, no importa lo que escriba.
Hubieses usado algo filoso para cortarte las alas, no desplumarlas una a una. Hubieses llorado en vez de sangrar, hubiéramos madurado antes de amar.
Pero no amamos, ¿o si amamos? ¿qué amamos de todo esto?
No me dejes hacer esto, no me dejes dudar. ¿Desde cuándo comenzaste a permitirlo? ¿Desde cuándo comencé a destruirte? ¿Fue aquella vez que saliste del salón de clase al mismo tiempo que yo, y pusiste un brazo alrededor de mis hombros? Afilé los colmillos porque percibí un corazón bombeando sangre, sangre que podía disfrutar y luego dejarte vacío sin más.
Pero te amé, sí, te amé. Te amé tan intensamente que también te dí el poder de destruirme, te amé tan inmensamente que te pedí un rato más.
Guarda esto en un baúl, ponte el sinsajo en el traje y ve a luchar contra tus demonios. La soledad es un efecto colateral de estar muriendo, pero al final, todo acaba en el olvido.
Estoy mintiendo, estas líneas son un asco. No te olvido, te anhelo. No te amé, te amo; pero ya no quiero formar parte de un mundo de mártires, no fue suficiente el corazón para hacer valer el sacrificio. Te extraño, extraño tu voz en mi oído desequilibrando mis restricciones. Pero no vuelvas, no te hieras más.
Espera a que tus alas crezcan de nuevo, y luego intenta volar, espero que me dejes estar ahí sosteniendo tu mano.
jueves, 18 de septiembre de 2014
El chico de la sonrisa misteriosa.
Fui a dormir y antes de hacerlo, inevitablemente volví a odiarte.
Nunca entendí esa necesidad de hacer sangrar mis ojos escribiendo aquellas cosas de una manera tan hermosa como yo jamás podría expresarlas. Tenías esa sonrisa totalmente inmaculada, pero de entre todas las personas, sólo yo pude notar esa mirada de asesino en serie.
Pero en vez de huir quedé hipnotizada por ella, como todas las demás personas. Sin embargo, mientras todas esas personas estaban atrapadas por la nobleza de tu mirada y la dulzura de tus palabras, yo quedé enjaulada por ese misterio sin resolver de esos ojos que delataban una vida llena de culpas, y por esas palabras que no creía; pero después de todo me interesaban por eso.
Esa poesía que escribías, esos versos por los cuales te adoraban… Tarde se dieron cuenta de la destrucción que proclamabas con esas frases de dolor. Es que a nadie le afectaba como a mí.
Tenía que ser yo, tenía que ser la chica con ojeras y pantalones gastados, la primera en poder dar una opinión coherente acerca de tus escritos que no fuera simplemente halagos. Entonces me volví la oveja negra de la familia.
Ellos todavía no entienden que el hecho de que mi opinión tenga argumentos literarios y en ella no utilice frases como la que ellos usan, no significa que no me gustó. Cuando describí la muerte que percibía en tus textos, más de una boca se abrió con esa sorpresa que era puramente causada por la ignorancia; pero tú sonreíste… Joder, me miraste con esos ojos y en ese preciso momento decidiste atraparme.
Yo no quería salir contigo, pero trajiste un ramo de rosas que hizo que mi madre se enamore, y nadie pidió mi opinión. Me llevaste en tu camioneta a ese jardín lleno de bichos, me miraste a los ojos y dijiste:
-Gracias por venir.
-¿He tenido opción?
Sonreíste de esa forma torcida de chico sexy artificial. Tomaste mi mano y te quedaste mirándola.
-No deberías estresarte tanto. Tal vez si cambiaras de gusto musical, si leyeras otros libros o vieras otras películas, tendrías las uñas decentemente largas.
-¿Piensas que vas a llevarme a la cama criticando mis manos?
-Yo no quiero llevarte a la cama.
-Ah, ¿no? Pensé que siendo el chico de las ideologías clichés de la sociedad, también tendrías deseos clichés. Y si no es así, ¿Qué quieres hacer conmigo? –Pude haber sido menos agresiva, tal vez cruzar mis piernas y mirarlo a los ojos hasta que me diga él mismo. Pero vamos, nadie invita a salir a la chica con el pelo sin arreglar sin tener algún deseo oscuro con ella.
Silencio.
-Vamos, ¿qué quieres de mí, o conmigo?
-Una poesía.
jueves, 28 de agosto de 2014
Reflexiones de una mente perturbada II.
jueves, 21 de agosto de 2014
El premio consuelo a las pestañas.
Arañame más fuerte esta vez
Tanto deseabas que tus garras se vuelvan filosas.
Arañame más fuerte, aunque sea con tus pestañas
Que siempre fueron opacadas por las mías.
Las que para vos eran largas y hermosas,
Pero nunca me sirvieron para volar.
Besame hasta hacer que traspase
Este mundo de responsabilidad limitada.
Estos ojos sin imaginación
Este cuerpo putrefacto.
Gritame más fuerte, que tus ojos ya no bastan.
Tu voz como pequeños cristales
Pulverizando mi cuerpo de papel mojado.
Arañame, haceme sangrar
Porque quiero escribir con mi sangre
Aquello que no pude grabar en tu piel.
Amame a los gritos, pero amame.
Aunque sea con rencor
Aunque sea un amor contaminado,
Dámelo.
Que mis manos mendigas
No quieren otra limosna.
Amame con arañazos
Grabame este sufrimiento.
Que cuando los gusanos me coman,
Hasta yo podré olvidarlo.