domingo, 15 de febrero de 2015

Carta de cumpleaños. De mi parte, para mí.

Has estado despierta cada año, esperando una respuesta, y no la tuviste. Este año dormiste temprano, triste, sola.

Te sientes mayor cuando extrañas la infancia, aquella época en que no veías, no entendías. Pero también te sientes pequeña cuando quieres defender algo, pero tus manos no tienen fuerzas y tus piernas son débiles. Y no importa, porque todo quedará atrás.

Dieciséis años es poco, y te asusta vivir el triple. Te asusta vivir, ver a las personas marcharse. Te asusta crecer, separarte de tu alma gemela. Te asusta, todo, el mundo te asusta.

Y no te preocupes, niña, que yo estaré contigo. Te abrazaré cuando sientas frío; y lloraré parte de tus lágrimas, para que no te ahogues en ellas. También te susurraré la respuesta, te implantaré la duda, pondré mi dedo en tu herida... Y al final, te enojarás contigo misma. ¿Acaso no es eso lo que hacen los compañeros de vida?

Y sonríe, jovencita, que todos pierden. No tienes derecho a sufrir más que nadie. Apaga la vela, ríe para la foto, que no te importe que no te feliciten las personas que quisieras. Después de todo, estuvieron en tus últimos cumpleaños.

Baila con los ojos cerrados, que no te importe que la soledad quiera bailar contigo. Porque no quiso venir, no importa cuantas veces se lo pediste, esa persona de pestañas envidiables. Así que olvida, mujer, que no se vive de recuerdos.

No te pongas metas si no quieres, pero igual, supéralas todas. Haz amigos, que yo sola no puedo cuidarte de tanto mundo. Prométeme que me querrás, que no me dejarás sola otra vez.

Y que no te importe la fecha, el pastel, tu vestido. Que te importe el tiempo, aprovecharlo; o al menos, dejar de odiarlo. Recuerda, querida, que al tiempo es mejor tenerlo de aliado.

Duerme ahora, y espera que sea mañana. Tu mamá no se esforzó tanto haciendo ese almuerzo que no le pediste, sólo para que tú lo arruines.

Feliz cumpleaños. Niña, jovencita, mujer, anciana. Recuerda que aunque nadie esté, y nos hagamos daño, nos tenemos la una a la otra.

martes, 10 de febrero de 2015

Carta por el día de los enamorados.

Hoy, más que nunca, quiero escribirte. Es catorce de febrero. Fecha especial, ¿eh? El sol brilla a través de la lluvia y me sofoca la humedad, siempre llueve en estas fechas. Lleve, llueve y no entiendo porqué.

El día de los enamorados nunca fue una buena fecha para mí. Cuando era niña, porque todos estaban entusiasmados por comprar regalos para otra persona. Todos tenían alguien a quien regalar algo, tal vez un beso debajo de la lluvia. Llueve,llueve y no entiendo porqué. Veía a mi hermana recibir almohadas con forma de corazones, osos de peluche (una cantidad incomprensible de osos de peluche innecesarios y más que molestos), flores, ropa. Y al día siguiente, nadie me daba nada por mi cumpleaños.

Cuando iba a cumplir quince años, la llamada de mi hermana, quien se encargó de agujerear la imagen perfecta que tenía de ella, arruinó el día. “Sólo estaré un rato en la cena, ya sabes, es el día de los enamorados.” Innecesarios y más que molestos. No entendí en qué momento ella dejó de verme como una hija, o en qué momento yo dejé de defenderla de las injusticias de un hogar hipócrita.

Está bien, estoy divagando. Debería hablarte de este catorce de febrero en particular. Me gustaría saber qué cosas pasaron por tu mente hoy, al recordarme. Hasta hace bastante poco nos imaginaba en esta fecha tomados de la mano. Agujerear la imagen perfecta. Tú siempre pensabas en qué regalo hacerme, no entendías que no hacía falta regalarme nada, y menos los dos días seguidos. Casi puedo sentir la incomodidad de nuevo.

Llueve afuera, y quisiera compartir lo que siento contigo. Es sólo que no sé. A veces parece que lo quiero de vuelta, pero los dos sabemos que la mayoría del tiempo sólo quiero dejarlo olvidado. No sé si lo extraño, no sé que siento al respecto. Me gustaría saber. Tal vez extraño, ¿quién dice que no? Tal vez no te extrañe, o no lo extrañe, tal vez me extrañe. Y lo que extraño (porque después de todo, sí extraño), es la seguridad. Sentirme protegida de mí misma.

No importa la fecha, ¿verdad que no? Es una estupidez pensar que es mejor o peor sólo porque el calendario marca un número. Pero no importan los números cuando quieres intentar miles de veces, o cuando quieres estar a miles de kilómetros. Sentirme protegida de mí. Pero de todos modos, quiero escribirte hoy, más que nunca.

Abrázame, haz con tus brazos un refugio, como solías hacer cuando creíamos que los cimientos estaban bien. Hoy, más que nunca. ¿Me abrazarías? Prometo no pedir perdón, si tú también prometes que no vas a hacerlo.

Escribo esta carta y ni siquiera sé si te la voy a enviar. Tengo el celular a mi lado y no me atrevo a marcar tu número. Después de todo, no contestarás. Número, números, no importan los números. Tengo muchas cosas que decirte, pero tal vez cuando ya no te necesite, la culpa pesará más. Me pregunto qué tanto me necesitaste, qué tanto me soñaste, o qué tanto escondiste ese vestido que me regalarías si yo no me hubiera puesto la capa de viaje.

Nada de esto importa. Yo sé a quién felicitaste por esta fecha, yo felicité a la misma persona. Entre bromas, siempre entre bromas. Ni siquiera sé. Entre bromas fue que al final me alejé de ustedes dos, las personas que más amé. Y al final, entre bromas digo: espero que olvides.

Yo olvido. Olvido bien. Olvidé tu película favorita y eso desencadenó en miles de bromas y decepción mal disimulada de tu parte. Entre bromas, siempre entre bromas. A veces hasta olvido cómo se sentía la calma antes de la tormenta, a veces, sólo puedo recordar el miedo en medio de la tempestad.

Al final no dije nada de lo que quería decirte. Igual que siempre. A veces. Al final te confundirías con mis palabras y te sentirías culpable. Al final pedirías perdón.

El dolor de cabeza no me deja en paz, así que yo dejaré en paz a este papel. Te confundirías. Tengo que preparar mi maleta, porque este año tengo cosas que hacer en mi cumpleaños. Yo, que nunca tengo responsabilidades importantes, tengo un largo viaje que hacer. Y pensar que meses atrás, cuando pensaba en mi cumpleaños, yo estaba segura que serías más cálido conmigo de lo que eres ahora. Estaba segura que pasaría el día escondiendo mi frente en tu cuello escuchándote decirme Te amo. Y ahora; no sé si estoy huyendo de ti, de ellos o de mí.

Es catorce de febrero, y hay rojo en todas partes. Hay rojo en mis uñas, incluso. Hay rojo en las promesas vacías. Te amo. Hay rojo en tus sábanas, escapando de tu pecho perforado. Pero no tengo tiempo para limpiar la habitación, tengo un avión que tomar.

Feliz día.

jueves, 5 de febrero de 2015

Reflexiones de la chica de sonrisas y silencio.

Me abrazas. Pones tu mano izquierda en mi cintura y todo está bien. Somos felices, nos amamos.

Luces en todos lados. Sonrío, no sé a cual de las cámaras, pero sonrío. Les demuestro que me haces feliz. Esta vez nos toca darnos un beso, así que sonríes con ternura y posas tus labios sobre los míos, cierro los ojos y me dejo llevar durante el poco tiempo que dura. Me aferro a la sensación de que me quieres.

Se acaba el evento y tienes que llevarme a casa. El camino hasta el auto llevaría la mitad de tiempo si no te sacaras fotos con esas chicas que tanto te aman. Vamos a casa. Se acaba la farsa una vez más.

Te aman. Nos aman. También me odian. A algunos les encanta vernos tomados de la mano. A otros, los más observadores, les parece triste.

¿Y quién comprende? Se ponen en tu lugar, te admiran, se compadecen. Pobre muchacho al que no le permiten ser libre.

¿Hay alguien que se ponga en mi lugar? ¿Acaso soy yo la que corta tus alas? Y qué importan los "beneficios"; la fama, las oportunidades, las sonrisas y los contados besos. ¿Qué importan? Si al final del día, recuerdo que no es real. Si cuando puedes besarme sin los flashes escandalizado el momento, no estás dispuesto a hacerlo.

Eres mi amigo. Confías en mí, disfrutas conmigo, pero para ti no soy lo que los demás piensan. Tú me aprecias por ayudarte a tener un poco de tranquilidad con ese secreto del que ya no quiero formar parte.

Era un trato justo, ¿no? Lo era al principio. Un beneficio a cambio de otro. Sencillo, equitativo, fácil, perfecto.

Pero, ¿cómo puede ser perfecto si no estás aquí cuando no están ellos? Cuando podemos abrazarnos, cuando el tomarnos de la mano sería amor y no engaño.

Quédate conmigo. Cántame una canción. Prepara un té para mí. Cocina. Haz algo romántico, porque el sacrificio que hago es cada vez más grande.

Ámame. Ámame como amas a a ese otro alguien. No quiero que me agradezcas por ayudarlos, quiero que me quieras.

Pero no puedes, y lo entiendo. Es sólo que a veces me cuesta adaptarme a la función que cumplo en esta historia, y quiero ser el otro personaje.

Me quieres en la medida en que corresponde. Y los que te aman, los que son más observadores, saben cómo me quieres. Saben lo que soy, lo que doy y recibo en este cuento de fama y dinero.

Sólo quiero que me regalen otro corazón. Porque al que tengo no le importa engañar a los otros, pero ya está cansado de engañarse a sí mismo.

lunes, 2 de febrero de 2015

Un poco de rendición. Sólo un poco.

Muevo los pies y la cabeza al ritmo de un compás triste. Bailo sola en el medio de la habitación, porque esta noche mis demonios prefirieron verme bailar que bailar conmigo.

Cierro los ojos porque no quiero ver sus sonrisas perversas disfrutando de mi soledad en la pista de baile. Quiero ser fuerte esta vez. Levanto los brazos al cielo pidiendo dejar de equivocarme; pues aunque bailo sola, estoy pisando los pies de alguien más. Mi cabello se despeina, y no me importa. No quiero ser la niña bonita que se porta bien, quiero ser la cabrona que disfrutó la fiesta y no dejó que nadie la lastime. Mis pies están sangrando pero no dejaré de bailar hasta que los demonios se cansen. No dejaré que vean en mí una expresión de rendición.

Sonrío. Porque en esta vida tan jodida hay que disfrutar cuando ganas una batalla, aunque sepas que perderás la guerra.

Caigo al suelo y mis rodillas sangran también. No se han ido. Se acercan mostrando sus dientes mugrientos, y sus ojos de fuego me asfixian. Me rodean. Me atrapan. Me rindo ante ellos una vez más.

Estoy cansada de no cumplir las promesas que me hago.

Suena el despertador. Me siento en la cama y, frente mío, la pared empapelada con frases me desea buenos días. No quiero peinarme para salir. Quiero que los demonios que conviven conmigo fuera de mis pesadillas, también vean que doy guerra a mi manera.

Pasan las horas y se acaba el día. Llega la noche y tengo que ir a la guerra acostada, con los ojos cerrados. No es una guerra justa.

Es el mismo salón, pero esta vez la música es alegre. Hay mucha gente. Hombres borrachos en las esquinas. En el centro, parejas bailando felices porque no se están pisando el uno al otro. Yo también estoy bailando, con un espejo. Miro mi vestido azul oscuro, mis ojos rojos del llanto y el maquillaje corrido.

No quiero bailar más, pero la chica en el espejo se ríe y me obliga a seguir bailando. No me gusta tener un vestido tan ajustado, pero ella quiere seducir hombres para luego romperles el corazón. Los tacos hacen que me duelan los pies, pero a ella le gusta que sean altos, porque esta noche ha decidido pisotear a todo hombre que caiga en sus redes. Y todos caerán.

Bailamos durante horas. Los hombres se acercan y, mientras yo lloro, ella les habla al oído. Va con ellos a alguna habitación. Les promete un siempre. Son todos unos chiquillos buscando que alguien los proteja de las chicas malas.

Despierto otra vez. Me levanto, saco el espejo de cuerpo completo de la pared, y lo pongo debajo de la cama. No me molesto en maquillar mis ojeras, porque en realidad nadie se preocupará por ellas.

Tuve un buen día. Pero cuando el sol se oculta, vuelve la guerra. Y no puedo huir de ella.

Esta vez estoy caminando por una calle oscura y fría. No tengo abrigo, tengo sandalias y un pijama corto.

Se acerca el chico. Él. La encarnación de los estereotipos más tontos de mi adolescencia. Me abraza, me da calor y me quiere. Veo en sus ojos amor, y lo abrazo. Entonces, mientras susurro promesas en su oído, en mi mano aparece un cuchillo que termino clavando en su espalda. Me mira y sonríe. Me dice:

“Tuviste otra oportunidad de ser feliz, pero te encanta ser la chica que ves en el espejo. Y nosotros no nos cansamos de perdonarte.”

De su boca sale sangre y me da un beso. Su cabello castaño toca el suelo. En mi lengua está el sabor de su sangre.

Otro día comienza. Salto desde la cama y arranco las notas que pegué en la pared. Lloro. Lloro como no me permitía hacerlo fuera del mundo onírico desde hace mucho tiempo. Me abrazo a mí misma, porque nadie más lo hará por mí. Me refugio entre las frazadas; sabiendo que nadie me protegerá de ser la chica del espejo, la que está debajo de la cama esperando su oportunidad.

No salgo. Saldré otro día a prestarme para la lucha. Otro día será en el que me ponga a disposición de esta guerra con un mundo hipócrita.


Hoy no quiero formar parte de él.

martes, 27 de enero de 2015

Tu brillante seducción de mujer dolida.

Caminas lento y al sentarte cruzas las piernas. Miras a los ojos de quien te está hablando y lo intimidas. Te ríes con ternura, y al hacerlo, cierras los ojos.

Bailas. Y cómo bailas. El cielo se desliza desde tus caderas hasta mis dedos, y tus brazos en mi cuello lo invitan a aceptar la dulce prisión de tu sonrisa sedienta de afecto.

Permaneces en silencio durante el viaje hasta tu casa, observando las luces de la noche y envidiando su fugacidad. Bromeas cada cierto tiempo, para pretender que estás bien. Pero yo puedo verte, más allá de tu maquillaje y tu alegría: esos ojos bien abiertos para evitar las lágrimas. Yo sé que odiaste la fiesta, esas cosas que dices alabándola desaparecen en el aire antes de entrar a mi cabeza y aceptarlas como una verdad.

Te lo digo. Te confieso que puedo leerte, observarte. Te asusta el hecho de que no soy parte del juego de manipulación. Te bajas del auto y tu forma de caminar es muy diferente a cuando entraste al salón y saludaste al cumpleañero: puedo ver que no eres tan fuerte como prometiste con tu sonrisa.

Tres semanas después, no puedo olvidar la sensación de oír tu risa, por más falsa que hubiese sido. Espero volver a verte pero no estás en las fiestas que, según aseguraste, te encantaban. Me seducía el engaño de tus manos al sostener la mía mientras me guiabas a la pista de baile, y en estas fiestas solo me quedo sentado ensayando excusas para rechazar invitaciones.

No aguanto más y voy a tu casa. Si es la única manera de formar parte de tu vida, formaré parte de tu mentira.

-Parece bonito primero. Quieres comprenderlo cuando no tienes que soportarlo. Y cuando tienes que, no puedes hacerlo.

Llevas una remera demasiado grande para apreciar tus curvas peligrosas, y tu pantalón de pijama está manchado con café. Pero no puedo perder de vista tu cabello despeinado, preguntándome cuál será su aroma.

Me sirves otra taza de café y sonríes, sonríes de verdad. Me cuentas tu historia: tu pasado, tu familia, tus metas, tus ataques de inseguridad que te hicieron marchar de un sinfín de vidas. Me dejas abrazarte, me dejas besarte, me dejas tocarte, pero no me permites depender de ti.

Y qué difícil es no depender de ti, cuando eres la droga por la que vale la pena morir bien lento. Cuando eres tan perra que lloras sabiendo que me harás daño, pero no estás dispuesta a dejar de hacerlo. Cuando eres tan tuya que me permites sentirte mía.

Pasaron días, meses, incluso un par de años; hasta que decidiste irte. Yo sabía que lo harías, claro que sí. Sabía que un día decidirías marcharte, y no me importó eso cuando decidí formar parte de tu castillo en constante autodestrucción. Me sorprendió que esperaras tanto tiempo.

Te hablé lentamente, con mucha calma, prometiéndome que no te perdería.

Llorabas. Decías que me lastimabas, que yo no lo merecía, que no tenía que seguir aguantando tus desvaríos e injusticias, que estaría mejor sin ti, que era mejor terminar.

Pensé que era otro ataque, que lograría convencerte de estar a mi lado, que te sentirías segura de que las cosas mejorarían. Pero no fue así. Juntaste algunas de tus cosas y te fuiste, me diste un beso y susurraste un te amo.

Admirablemente perra, eh.

Pasaron meses y seguimos hablando de vez en cuando, yo bromeaba respecto a nuestros tiempos anteriores. Bromeaba con que no hubo suficiente amor, con que no supimos manejar la locura. Lo desmentía todo diciéndote la verdad: que estoy bien, que me di cuenta que tenías razón, que era mejor terminar, que fue un bonito recuerdo.

A veces recurrías a mí, noté que buscabas apoyo o amistad. Yo seguía bromeando y, sin darme cuenta, hiriéndote.

-Nunca me conociste lo suficiente para entenderlo. (:
-Hey. Eso dolió un poco, sólo un poco xD
-No importa.
-¿No importa que me duela? Supongo que no.
-Ahí vas. Reluciendo tu brillante seducción de mujer dolida.

No contestaste ese mensaje. Al otro día me pediste perdón de nuevo. Te equivocabas tan a menudo, que siempre tenías un perdón en la punta de los labios.

No volviste a hablarme. Al preguntar por ti, el novio de tu mejor amiga me contó que la habías llamado y ella no pudo contestarte. Al escuchar el mensaje que dejaste en su buzón de voz, se asustó porque estabas llorando.

“No estoy fingiendo. Me duele más que el arrepentimiento de dejarlo ir. Ahora sólo soy alguien que se victimiza, sólo eso soy para él. Me arrepiento de haberlo dejado ir, me arrepiento de irme también. Me lastima. Mi brillante seducción de mujer dolida. Me lastima que tú y yo ya no nos veamos y hablemos, no soy buena siendo tu mejor amiga. No soy buena siendo.”

El chico pasado de copas, tan pasado de copas que traicionó la confianza de su pareja; me contó que cuando tu mejor amiga te llamó para saber lo que pasó, reíste y dijiste que sólo fue un momento de debilidad. Que no querías volver conmigo, que seguirías siendo perra. Que extrañabas a tu mejor amiga, y que comprendías el hecho de que fue difícil retomar la amistad cuando ella se enamoró y tú rompiste una relación. Él me dijo que fue lo último que escuchó de ti.

Han pasado varios meses desde la última vez que hablamos. Sigo viendo las cosas que publicas en las redes sociales, y desde mi ordenador noto la falsedad de tu felicidad. Pero no me importa, porque no es mi asunto. Y aunque hay momentos en los que pienso en qué lugar de la ciudad te estarás autodestruyendo, mi vida sigue, y de la mejor manera.

Fueron  momentos felices, pero supiste como arruinarlo. Supiste destruir lo que construimos, y aunque no me lastimó porque sabía que lo harías tarde o temprano, no te perdono el que no haya sido diferente conmigo. Fue igual que con las demás personas. La misma estupidez.

¿Tan perra sigues siendo? Dime, ¿sigues seduciendo con tus caderas al ritmo de una promesa de fugacidad? ¿Sigues sonriéndole a las cosas que te hacen daño? ¿Sigues engañando a la tristeza haciéndola tuya, en vez de que ella te haga suya?

Espero que sí. Porque así has aprendido a sobrevivir y a amar la destrucción que tú misma te obsequias, así has aprendido a hacer que los demás te amen para luego poner tu mano en su espalda y lanzarlos al vacío.

Pero esa eres tú, y yo soy éste. Tan lejos, con un montón de cosas en común. Recuerdos fugaces de lo que prometía ser mucho, y no le permitiste serlo. Y no me importa echarte toda la culpa, porque es tuya. Porque cuando alguien estuvo dispuesto a sacrificar su vida para estar contigo, aceptaste el sacrificio y no le diste nada a cambio, más que ese mínimo amor que te permitías sentir.

Y a quién diablos le importa si tienes miedo, porque no dejas a nadie que vaya y mate tus inseguridades, porque las amas. Amas encerrarte en tu habitación y llorar, golpearte la cabeza con la mano abierta, arañar tus piernas y acurrucarte en el piso por la culpa. Amas la culpa, amas haber destruido todas esas relaciones que construiste con alguien más.

Eres una maldita, y lo amas, porque a pesar de que trates de no serlo, no puedes imaginarte a ti misma sin cargar la mochila de culpa y autodestrucción.

 Y yo amé eso de ti, amé toda esa estupidez. Pero ya no más. Te dejo de ir y siento alivio al hacerlo, me siento tranquilo y bastante seguro, porque no tengo que regalarte la mitad de mi seguridad para tenerte a mi lado.

Vete caminando, mueve tus caderas al ritmo de esa seguridad que no tienes.

 Y sonríe, porque es lo único que extraño de haberte tenido.

sábado, 17 de enero de 2015

Tal vez, sólo tal vez, sea algo más.

El viento revolvió tu cabello mientras buscabas en el horizonte una repuesta favorable. Movías tus pies en el agua, mientras yo me ahogaba en un vaso de inseguridades. ¿Y para qué necesitas un mar? Si te basta con un vaso.

Ni siquiera interpretas lo que escribo mientras sangro en el papel mis miedos y peticiones, no entiendes lo que digo porque no piensas en eso, sólo soy una cara bonita. Un escape del problema, la que puede distraerte.

Sólo soy otra cara bonita de sonrisa que debe ser protegida e inmortalizada, ¿y quién protege mis lágrimas?  Las dejan marcharse, salir de mis ojos e irse lejos de ellos. Todos están ocupados en buscar una sonrisa para salvaguardar, ¿y quién guarda mis lágrimas en un tarro, quien las aprecia? No pueden apreciar mis lágrimas, porque al final del día entrego mis labios y sonrío. Porque al final del día soy un par de besos y un rostro bonito.

"Eres hermosa", repiten. Como si fuera que así me levantan el ánimo o aumentan mi autoestima, siendo que lo único que hacen es alimentar mis complejos. Quiero que a través de mis ojos alguien vea que soy más que unos ojos seductores y unas mejillas para besar en la despedida.

Quiero que aprecien mi inteligencia, o mi imaginación, o que pregunten la razón de las ojeras. Sin embargo, solo se fijan si sonrío ante las cosas que me susurran al oído. Pero, ¿quién está atento a mis lágrimas de madrugada? ¿quién responde mis preguntas y me ofrece algo mejor que un par de hombres hormonales y reprimidos?

Soy solo una cintura para abrazar de vez en cuando. Y no me quiero negar, porque la falsedad de esas muestras de afecto, no cambia el hecho de que sean las únicas.

sábado, 3 de enero de 2015

No fue un cuento de hadas.

Sos un montón de imágenes mezcladas en un complot para llevarme a la destrucción.

Susurrás en mi oído sonrisas con sonido a te quiero. Me manejás con tu mirada de príncipe oscuro, y en este mundo no hay nada mejor que ser la doncella dispuesta a vivir en una torre, esperándote.

Pero cuando volteas tu rostro, tus cabellos claros me advierten que no podrás ir a buscarme, que en la mitad de camino perderás la batalla contra mis demonios y yo me quedaré en la torre mirando las paredes y hablando con las arañas.

No importa si es un segundo o toda una vida, pero después de bailar la danza de la lluvia en tus ojos de cielo; sé que quedaré con el vestido empapado y tu sonrisa de sol no podrá ayudarme.

Lo dijo ella: "No pueden estar juntos porque él es muy inocente para todos tus demonios. Le mostrarías el lado oscuro que él no conoce". Entonces puede ser que no seas un príncipe oscuro. Puede que no lo hayas sido, o que ya es tarde para no serlo.

Lo que sé con seguridad es que ya es tarde para estar despierta mientras camino por los pasillos con demasiada luz, que no combina con mi vestido negro.

Acaricio las paredes esperando que salgas con tu sonrisa inmaculada tirando a un lado tu camiseta ensangrentada, que agarres mi cintura y me susurres al oído una sonrisa con sonido a no me voy a ir.

Pero viene el mensajero de tu reino y me dice que se cancela el baile porque el príncipe estuvo muy feliz como para ver venir la luz o el vehículo.

Rompo mi vestido en pedazos, tiro el zapato por la pared y se rompe también, corto mi cabello con la tarjeta de invitación al baile. Corro por los pasillos con esa luz inútil que no me guía, hasta llegar al manzano.

Arranco la fruta y me despido de la ilusión de que me encuentres, yo iré a buscarte esta vez.