La ciudad dorada derrama su hermosura cada noche, para ser estrujada al amanecer y resecada por el sol.
Gigantes edificios alzándose con tanta majestad; cuando el alumbrado público no deja ver sus grietas, el peso de los años resquebrajando su elegancia, las manchas del tiempo llamando al pasado que no sobrevivió. Y entonces, en una noche cualquiera, te olvidas del miedo que te dan las ciudades grandes, y te enamoras de las guirnaldas de luces y los balcones donde la música fluye y el amor vuela.
Ahí, donde amaneces con la frente bajo el rocío y los pies balanceando, donde se negocian las miradas y todo es desconocido y luego ya no, y después vuelve a serlo. Ahí es que me enamoré de sonrisas fugaces y esquinas llenas de historias de las que sólo me tocó ser testigo.
Sólo fui una espectadora fugaz de una ciudad que es más grande por los secretos que guarda, que por su tamaño. Una ciudad que cuando es de día vuelve al ajetreo de personas corriendo de un lado a otro, que no levantan la vista ni separan la oreja del celular.
Desearía que cada uno atestiguara la elegancia de una ciudad que en silencio presencia el paso de tantas vidas, la promesa del progreso, y la desilusión de cada amanecer, cuando vuelve a estar llena de humo y suciedad. Desearía que escuchen el sonido de los escasos pies que la recorren de noche, y lean los misterios que escriben en las esquinas los trueques hechos a escondidas. Desearía que les alarme la creciente dificultad para ver las estrellas, cómo cada noche se marchita un poco más la belleza porque la descuidan en el día.
Quisiera que el encanto no se rompiera cuando se hace de día, poderme enamorar también con el sol alumbrando, y no sólo con la luna entre las nubes. Quisiera sentirme también, como si fuera mi hogar. Al final, sé que soy una espectadora que en las noches se enamora, y en las mañanas recuerda que también tiene que correr... Excepto en las lluviosas, porque hasta de día se enamora de la lluvia.
jueves, 30 de marzo de 2017
viernes, 10 de febrero de 2017
Querer y dejar ir.
Te irás. Porque no viniste para quedarte y yo no quisiera atarte. Las heridas sanan y las cicatrices no duelen si uno quiere... Pero yo te quiero. Quedarás en mí como una cicatriz que veré en el espejo cuando no tenga ropa, porque cuando no tenía nada tú eras el que quedaba, siempre...
Serás otra cicatriz pero yo no me acostumbro. Todos llevamos marcas, pero tú siempre fuiste el más marcado, el más oscuro, el más querido porque sabe lo que es no querer.
Yo siempre quise más amor, más atención, más miradas. Tú nunca me abrazaste como yo esperaba porque siempre fuiste mejor. Siempre lejos del resto, entendiendo todo y callando a menos que tuvieras un oído atento cerca. Recogiendo recuerdos que te golpearían con ciertas músicas, cerrando los ojos cuando la espalda sangraba por el puñal de la traición de algún amado.
Yo siempre fui insignificante, aunque pretendiera lo contrario. Hasta que tú me miraste con los ojos del que todo lo entiende y siempre guarda paciencia. Porque la necesita, porque se enoja y ya se destruyó demasiado a sí mismo.
Me tomaste de las muñecas e impediste que siguiera arañando mis piernas, me besaste en la oreja y sonreíste. Recitaste un "Ya está, no es para tanto", que primero hizo hervir mi sangre de los nervios y después se convirtió en una terapia de auto control. Dejé de llorar (tanto), aprendí a aceptarme y a esquivar de puntillas los vidrios de la decepción. Es un trayecto muy lento, pero tranquilo... El de no sufrir de más.
Rocé los bordes del amor y giraste la cara porque no querías que yo sufriera, por más que me guste hacerlo. Yo volví a llorar y tú a entender, nuestro ciclo eterno. Con paciencia, cariño y discusiones leves construimos un hogar de medianoche. Hasta que me tocó dar el siguiente paso y abandonarlo.
Me fui y tú sólo sonreíste, me agradeciste por haberte enseñado tanto y llaveaste nuestro rincón para esperar tu siguiente aventura. Me marché en silencio, con mi cabello despeinado y miles de recuerdos. Tú siempre decías, lo peor de perder a alguien es que se lleva consigo todos los recuerdos que fueron sólo de los dos.
No me olvides, querido, no me dejes con una mitad perdida. Sigo siendo frágil y sigo creciendo, pero nunca dejo de recordarte. T
Serás otra cicatriz pero yo no me acostumbro. Todos llevamos marcas, pero tú siempre fuiste el más marcado, el más oscuro, el más querido porque sabe lo que es no querer.
Yo siempre quise más amor, más atención, más miradas. Tú nunca me abrazaste como yo esperaba porque siempre fuiste mejor. Siempre lejos del resto, entendiendo todo y callando a menos que tuvieras un oído atento cerca. Recogiendo recuerdos que te golpearían con ciertas músicas, cerrando los ojos cuando la espalda sangraba por el puñal de la traición de algún amado.
Yo siempre fui insignificante, aunque pretendiera lo contrario. Hasta que tú me miraste con los ojos del que todo lo entiende y siempre guarda paciencia. Porque la necesita, porque se enoja y ya se destruyó demasiado a sí mismo.
Me tomaste de las muñecas e impediste que siguiera arañando mis piernas, me besaste en la oreja y sonreíste. Recitaste un "Ya está, no es para tanto", que primero hizo hervir mi sangre de los nervios y después se convirtió en una terapia de auto control. Dejé de llorar (tanto), aprendí a aceptarme y a esquivar de puntillas los vidrios de la decepción. Es un trayecto muy lento, pero tranquilo... El de no sufrir de más.
Rocé los bordes del amor y giraste la cara porque no querías que yo sufriera, por más que me guste hacerlo. Yo volví a llorar y tú a entender, nuestro ciclo eterno. Con paciencia, cariño y discusiones leves construimos un hogar de medianoche. Hasta que me tocó dar el siguiente paso y abandonarlo.
Me fui y tú sólo sonreíste, me agradeciste por haberte enseñado tanto y llaveaste nuestro rincón para esperar tu siguiente aventura. Me marché en silencio, con mi cabello despeinado y miles de recuerdos. Tú siempre decías, lo peor de perder a alguien es que se lleva consigo todos los recuerdos que fueron sólo de los dos.
No me olvides, querido, no me dejes con una mitad perdida. Sigo siendo frágil y sigo creciendo, pero nunca dejo de recordarte. T
jueves, 2 de febrero de 2017
Al final, yo me lancé primero.
“Entono un Aleluya y todo encaja como piezas en un puzle de cristal.”
Y así nos fuimos. Un año de amistad desordenada en la que los dos reprimíamos deseos y nostalgias. Para que al final en un último encuentro descarguemos todo el amor que no nos habíamos dejado sentir.
Tú, todo el tiempo frío e indiferente, te alejaste de mí sin explicación, para luego reprochar que no hubiera reconocido tus sentimientos. Y yo qué iba a saber que te fijarías en mí y te enamorarías de mi voz que tanto te exasperaba. Me pedías que me calle y yo no entendía por qué te reunías conmigo si no querías verme, yo sólo me quedaba ahí para escuchar tus historias familiares y tus aventuras de borracho.
Te busqué mucho tiempo hasta que al fin pudimos emborracharnos y sacar afuera todo lo que habíamos callado. Yo siempre estuve llena de miedos, pero al final tus miedos le ganaron a los míos. Permaneciste escéptico ante la posibilidad de que yo te quisiera, y seguiste defendiendo lo indefendible con tal de hacer como que no importaba.
Podrás decir lo que quieras, pero estar contigo fue como encontrar un rincón en el mundo del que no necesitaba escapar. Despertar en tu cama y encontrarte mirándome con tus ojos atormentados, mirándome como si nada tuviera sentido, abrazándome con la desesperación de quien no sabe demostrar afecto, pero esta vez está dispuesto a hacerlo. Te miré durante horas porque yo tampoco entendía, olvidé el protocolo porque contigo nada era convencional.
Fue en una mañana de domingo que los dos actuamos como que las cosas no empeoraron, como que mi alma no se enamoró de tu ceño fruncido. Nos despedimos como si ignoráramos que no nos volveríamos a ver, y me fui caminando despacio, sin creer aún que me estaba alejando de la aventura más emocionante que había vivido.
Pero todos morimos también, y me enojaría contigo por ser presa del miedo si yo no entendiera lo que es ser una presa de él. “Todo es mi culpa, el tiempo perdido… No me mires así que me estás enamorando.” Yo ya no tengo miedo, desde que me bajé de tu motocicleta y supe que llegamos al final del precipicio. Ya no tengo miedo porque la muerte nos besa el cuello mientras los dos deseamos que no importara.
Yo ni siquiera recordaba tu voz, después de tanto imaginarte y no encontrarte nunca. Me dijiste que tú no olvidabas la mía, una voz desesperada pero liviana… Y yo me congelé pensando en que nunca nadie me había admirado, nadie había apreciado las cosas que yo no notaba, nadie había dicho que yo era un oído cuando todo lo demás está en caos. Pero ahí estabas tú, lleno de miedo hasta para besarme, pidiéndome permiso para tocarme, como si yo me fuera a desintegrar ante tus ojos.
Mi mirada en el espejo está oscurecida por tantas despedidas, y ahora sueño todas las noches con despertar en tu cama y encontrarte pensando, aunque dijeras que no podías pensar.
Y así nos fuimos. Un año de amistad desordenada en la que los dos reprimíamos deseos y nostalgias. Para que al final en un último encuentro descarguemos todo el amor que no nos habíamos dejado sentir.
Tú, todo el tiempo frío e indiferente, te alejaste de mí sin explicación, para luego reprochar que no hubiera reconocido tus sentimientos. Y yo qué iba a saber que te fijarías en mí y te enamorarías de mi voz que tanto te exasperaba. Me pedías que me calle y yo no entendía por qué te reunías conmigo si no querías verme, yo sólo me quedaba ahí para escuchar tus historias familiares y tus aventuras de borracho.
Te busqué mucho tiempo hasta que al fin pudimos emborracharnos y sacar afuera todo lo que habíamos callado. Yo siempre estuve llena de miedos, pero al final tus miedos le ganaron a los míos. Permaneciste escéptico ante la posibilidad de que yo te quisiera, y seguiste defendiendo lo indefendible con tal de hacer como que no importaba.
Podrás decir lo que quieras, pero estar contigo fue como encontrar un rincón en el mundo del que no necesitaba escapar. Despertar en tu cama y encontrarte mirándome con tus ojos atormentados, mirándome como si nada tuviera sentido, abrazándome con la desesperación de quien no sabe demostrar afecto, pero esta vez está dispuesto a hacerlo. Te miré durante horas porque yo tampoco entendía, olvidé el protocolo porque contigo nada era convencional.
Fue en una mañana de domingo que los dos actuamos como que las cosas no empeoraron, como que mi alma no se enamoró de tu ceño fruncido. Nos despedimos como si ignoráramos que no nos volveríamos a ver, y me fui caminando despacio, sin creer aún que me estaba alejando de la aventura más emocionante que había vivido.
Pero todos morimos también, y me enojaría contigo por ser presa del miedo si yo no entendiera lo que es ser una presa de él. “Todo es mi culpa, el tiempo perdido… No me mires así que me estás enamorando.” Yo ya no tengo miedo, desde que me bajé de tu motocicleta y supe que llegamos al final del precipicio. Ya no tengo miedo porque la muerte nos besa el cuello mientras los dos deseamos que no importara.
Yo ni siquiera recordaba tu voz, después de tanto imaginarte y no encontrarte nunca. Me dijiste que tú no olvidabas la mía, una voz desesperada pero liviana… Y yo me congelé pensando en que nunca nadie me había admirado, nadie había apreciado las cosas que yo no notaba, nadie había dicho que yo era un oído cuando todo lo demás está en caos. Pero ahí estabas tú, lleno de miedo hasta para besarme, pidiéndome permiso para tocarme, como si yo me fuera a desintegrar ante tus ojos.
Mi mirada en el espejo está oscurecida por tantas despedidas, y ahora sueño todas las noches con despertar en tu cama y encontrarte pensando, aunque dijeras que no podías pensar.
domingo, 22 de enero de 2017
Entiende que el mundo es grande y su recuerdo también.
Me miras apenada y acompañas a tu amiga al jardín, yo sólo sonrío y doy vueltas al vaso que tengo en mi mano. Muchas personas me miran y siguen un patrón: muestran aparente deseo de hablarme, y luego desvían la mirada. Tú me miras a través del vidrio de la ventana y finges que no te molesta.
Sabes cómo soy, que prefiero los rincones donde observo todo en silencio. Sabes que mi tristeza aumenta mientras más alegría necesito, que cuando hay mucha gente me aparto para no molestar, y me asustan sus miradas expectantes de la misma forma que la indiferencia.
Sabes que cuanto más grande la fiesta más nostalgia me da, porque entre tanto abrazo uno se acuerda del hogar, y con tanta distancia la nostalgia se nutre.
Sabes que hogar son sus ojos cuando le resta importancia a los problemas y me hace cosquillas. Cuando la soledad llega y él la invita a sentarse mientras se toma un último momento y me mira. Luego se va y me deja con ella, porque es buena amiga suya y él tiene otras cosas que atender.
No te enojes porque no puedo, bien sabes que a veces lo veo entre la gente como una ilusión. Y es que toda la gente tiene pedacitos similares, pero él es completo con todas sus grietas. Sabes que procuro, que si no quisiera no vendría. Que si no estuviera dispuesta a avanzar seguiría dibujando en las canciones pedazos de sus sonrisas, así como me encontraste.
Bueno, ya estás harta de saber. Yo sólo me quedo en mi rincón a seguir tratando de recordar que el mundo ya existía antes de conocerlo, y no terminó cuando dejó de mirarme, aunque haya perdido la luz. Que sí sé, tanta nostalgia no me lleva a nada. Pero los abrazos que me da la nostalgia tienen el sabor más cercano al de su cabeza sobre mi hombro una noche de agosto.
Sabes cómo soy, que prefiero los rincones donde observo todo en silencio. Sabes que mi tristeza aumenta mientras más alegría necesito, que cuando hay mucha gente me aparto para no molestar, y me asustan sus miradas expectantes de la misma forma que la indiferencia.
Sabes que cuanto más grande la fiesta más nostalgia me da, porque entre tanto abrazo uno se acuerda del hogar, y con tanta distancia la nostalgia se nutre.
Sabes que hogar son sus ojos cuando le resta importancia a los problemas y me hace cosquillas. Cuando la soledad llega y él la invita a sentarse mientras se toma un último momento y me mira. Luego se va y me deja con ella, porque es buena amiga suya y él tiene otras cosas que atender.
No te enojes porque no puedo, bien sabes que a veces lo veo entre la gente como una ilusión. Y es que toda la gente tiene pedacitos similares, pero él es completo con todas sus grietas. Sabes que procuro, que si no quisiera no vendría. Que si no estuviera dispuesta a avanzar seguiría dibujando en las canciones pedazos de sus sonrisas, así como me encontraste.
Bueno, ya estás harta de saber. Yo sólo me quedo en mi rincón a seguir tratando de recordar que el mundo ya existía antes de conocerlo, y no terminó cuando dejó de mirarme, aunque haya perdido la luz. Que sí sé, tanta nostalgia no me lleva a nada. Pero los abrazos que me da la nostalgia tienen el sabor más cercano al de su cabeza sobre mi hombro una noche de agosto.
lunes, 5 de diciembre de 2016
Otra madrugada para esconderse. Recostada en su pecho, respirando en su cuello. Y él por tercera vez en todo este tiempo acarició mis manos. Esperando el momento adecuado para fumar sin que nos descubran, cuántas discusiones podemos tener en cinco minutos... Bueno, siempre gano todas, pero perdí la apuesta más grande cuando me enamoré.
Ignoro el dolor de saber que cuando se acerque el amanecer seremos dos desconocidos de nuevo, y sonrío por sus travesuras. Es sólo otro muchacho desobediente al que le encanta jugar, pero cómo no derretirme con sus debilidades.
Una pequeña siesta después del sexo, y volvemos a ser dos niños tímidos con un montón de secretos que esconder. No queremos que nos atrapen, pero tampoco le tenemos miedo al castigo. Para eso estamos: para romper las reglas y encarar las consecuencias. No fingimos ser buenos, ni mucho menos inocentes. Pero jamás reconoceríamos que nos portamos mal juntos.
Ignoro el dolor de saber que cuando se acerque el amanecer seremos dos desconocidos de nuevo, y sonrío por sus travesuras. Es sólo otro muchacho desobediente al que le encanta jugar, pero cómo no derretirme con sus debilidades.
Una pequeña siesta después del sexo, y volvemos a ser dos niños tímidos con un montón de secretos que esconder. No queremos que nos atrapen, pero tampoco le tenemos miedo al castigo. Para eso estamos: para romper las reglas y encarar las consecuencias. No fingimos ser buenos, ni mucho menos inocentes. Pero jamás reconoceríamos que nos portamos mal juntos.
Él por su camino, yo por mi desvío. No hay que dejar en evidencia que llevo su aroma y él mis mordidas. Después del descanso necesario él vuelve a picotear los labios de cada chiquilla loca que está detrás suyo, pero siempre sin que la oficial se entere. Después de cerrar mis ojos y pretender que no le quiero, vuelvo a refugiarme en los brazos del que comprende lo descarriada que estoy. Al menos a una persona se le olvida juzgarme.
Y así vamos, en esta rueda que está en llamas y a punto de explotar, esperando la ocasión exacta para saltar. Queremos cicatrices, pero tenemos que sobrevivir para las siguientes batallas. No soy su última amante, ni él mi último caballero a quien no puedo rescatar.
Sólo somos un encuentro pasajero que pronto ha de acabar.
Y así vamos, en esta rueda que está en llamas y a punto de explotar, esperando la ocasión exacta para saltar. Queremos cicatrices, pero tenemos que sobrevivir para las siguientes batallas. No soy su última amante, ni él mi último caballero a quien no puedo rescatar.
Sólo somos un encuentro pasajero que pronto ha de acabar.
jueves, 24 de noviembre de 2016
Y el cosmos se desintegraba cada vez que pestañeaba.
Cuán extraño es que el reloj marque la hora 00 y todo comience de nuevo. Un nuevo día nace pero el mundo es el mismo que un minuto atrás. Al final sólo son números que usamos para medir el tiempo perdido, porque el aprovechado nunca notamos que pasa.
Aún más extraño es que nos aferremos tanto a algo como el tiempo, que no nos tiene ni la mínima consideración y se va cuando quiere. Vivimos dependiendo del tiempo, como si a él le importaran nuestra vida o muerte. Al final de todo, el tiempo es tan independiente que no podemos acusarlo de cruel, él no es simple como nosotros.
Nosotros, que nos pasamos la vida malgastando momentos para luego arrepentirnos de no aprovecharla. Y deseamos que el tiempo vuelva, pero vamos, él no es tonto. No podemos pedirle perdón a algo que no se detiene porque ni escuchará, ni le importará. Es nuestra condición de humanos: nuestra potencial arma se convierte en nuestra mayor debilidad.
Entonces llegó un punto en mi vida en que me dispuse a aprovechar el tiempo, a asumir riesgos y a no tener miedo, porque se me iría la vida sin conocer el amor verdadero. Pero eso nunca existe para quien quiere recorrer la vía láctea en un solo día y sentirse libre así.
Pero descubrí que el amor eterno también son las miradas fugaces. Esas que ella y yo compartíamos cuando pretendíamos que nuestros cuerpos no ardían de necesidad de conocerse. Hasta que las miradas fugaces se convirtieron en ojos cerrados y mordidas en el cuello. Y las mordidas se convirtieron en besos para cada cicatriz. Y las cicatrices resurgieron como batalla. Y la batalla se libró entre sus piernas y las mías.
Y por un fugaz instante –o tal vez uno eterno-, dejé de temerle al tiempo. Porque el tiempo se atascó en su clavícula y se detuvo para descansar en su lunar. Y la miré crecer y hacerse fiera, vi cómo se hizo fuerte y libre. Me tocó ver cómo su libertad aplastaba la mía. Y mientras más independiente era ella, yo más dependía de sus besos en el lóbulo de mi oreja.
Pero entonces fue ella quien se asustó del tiempo. De todo el tiempo que pasaríamos explorando mutuamente nuestros lunares, y todo el que perderíamos explorando las lunas. No quería dejarme pero tampoco quería quedarse, y yo seguía tan impresionado por su belleza que me atasqué también. Y guardé silencio mientras ella peinaba las estrellas en su cabello y se marchaba con sus pies prácticamente flotando sobre la alfombra. A mí sólo me quedó la sensación de su presencia encantando mi habitación, y un pedazo de galaxia que me regaló cuando aprendió a amar.
Y sin darme cuenta me quedé sentado mientras el tiempo pasaba. No podría asegurar que lo desaproveché, pues no creo que soñarla sea perder el tiempo. Creo que haberla tenido fue vivir la intensidad de todo el cosmos, y que ella es magia pura. Nunca podría haberla hecho volar tan alto como sus propios pies, y es por eso que nunca reprocharía su abandono. Yo sólo fui otra vida que alimentó de sueños, sólo otros ojos que ella cautivó.
Aún más extraño es que nos aferremos tanto a algo como el tiempo, que no nos tiene ni la mínima consideración y se va cuando quiere. Vivimos dependiendo del tiempo, como si a él le importaran nuestra vida o muerte. Al final de todo, el tiempo es tan independiente que no podemos acusarlo de cruel, él no es simple como nosotros.
Nosotros, que nos pasamos la vida malgastando momentos para luego arrepentirnos de no aprovecharla. Y deseamos que el tiempo vuelva, pero vamos, él no es tonto. No podemos pedirle perdón a algo que no se detiene porque ni escuchará, ni le importará. Es nuestra condición de humanos: nuestra potencial arma se convierte en nuestra mayor debilidad.
Entonces llegó un punto en mi vida en que me dispuse a aprovechar el tiempo, a asumir riesgos y a no tener miedo, porque se me iría la vida sin conocer el amor verdadero. Pero eso nunca existe para quien quiere recorrer la vía láctea en un solo día y sentirse libre así.
Pero descubrí que el amor eterno también son las miradas fugaces. Esas que ella y yo compartíamos cuando pretendíamos que nuestros cuerpos no ardían de necesidad de conocerse. Hasta que las miradas fugaces se convirtieron en ojos cerrados y mordidas en el cuello. Y las mordidas se convirtieron en besos para cada cicatriz. Y las cicatrices resurgieron como batalla. Y la batalla se libró entre sus piernas y las mías.
Y por un fugaz instante –o tal vez uno eterno-, dejé de temerle al tiempo. Porque el tiempo se atascó en su clavícula y se detuvo para descansar en su lunar. Y la miré crecer y hacerse fiera, vi cómo se hizo fuerte y libre. Me tocó ver cómo su libertad aplastaba la mía. Y mientras más independiente era ella, yo más dependía de sus besos en el lóbulo de mi oreja.
Pero entonces fue ella quien se asustó del tiempo. De todo el tiempo que pasaríamos explorando mutuamente nuestros lunares, y todo el que perderíamos explorando las lunas. No quería dejarme pero tampoco quería quedarse, y yo seguía tan impresionado por su belleza que me atasqué también. Y guardé silencio mientras ella peinaba las estrellas en su cabello y se marchaba con sus pies prácticamente flotando sobre la alfombra. A mí sólo me quedó la sensación de su presencia encantando mi habitación, y un pedazo de galaxia que me regaló cuando aprendió a amar.
Y sin darme cuenta me quedé sentado mientras el tiempo pasaba. No podría asegurar que lo desaproveché, pues no creo que soñarla sea perder el tiempo. Creo que haberla tenido fue vivir la intensidad de todo el cosmos, y que ella es magia pura. Nunca podría haberla hecho volar tan alto como sus propios pies, y es por eso que nunca reprocharía su abandono. Yo sólo fui otra vida que alimentó de sueños, sólo otros ojos que ella cautivó.
sábado, 19 de noviembre de 2016
Y te olvidaste de mi amor como cualquier persona olvida sus llaves.
Setecientas palabras susurradas en una habitación con la luz apagada. No, no fueron setecientas promesas. Fueron setecientos Adioses que no te hicieron llorar, porque no había luz.
La inquietante costumbre de hacer de cuenta que no pasan las cosas con la luz apagada, cuando en realidad toda nuestra vida se podría resumir en las aventuras vividas en la oscuridad. Tuve que decirte adiós en ese pequeño mundo de buscar nuestros labios a tientas, porque si no, no habría sido real.
Y entonces te pusiste a recordar la época en la que no nos escondíamos, cuando no éramos nosotros porque no sabíamos mostrarle la lengua al miedo. Cuando no nos escabullíamos hasta el balcón para fumar, ni intercambiábamos miradas furtivas durante la cena.
La frustración me hizo abandonar nuestro rincón de pasiones, pues nunca tuvimos el suficiente valor para amarnos bajo la luz del sol. Está bien mi niño, sé que no te gusta enfrentar las miradas, como a mí no me gusta mentir.
Amarnos, digo. Como si se te hubiera ocurrido hacerlo... Estuvimos contándonos secretos cuando mis padres no estaban, y entregando nuestros cuerpos cuando dormian. Y que contradictorio es cómo funcionamos en la cama, como nos golpeamos en cualquier situación, y cómo nos desconectamos en publico.
Nada tiene sentido para mí si yo me podría pasar horas escuchando tus historias de chico travieso, y con una palabra tu destruyes en mi cabeza todo lo pintoresco de mis aventuras. He estado tratando de ser indiferente al innegable hecho de que nuestra aventura no pudo escapar del ciclo finito de cualquier amorío, pero no puedo pretender que no te irás. Así que me voy yo, antes de que te asustes del todo.
Sabes que podría gritarte lo mucho que me encantan tus imbecilidades, como cuando pido a gritos que me regalen un cuento. Pero tú prefieres que susurre mis deseos en la oscuridad, y eso es más hermoso aún... Si tan sólo pudieras enamorarte de mis cicatrices.
Qué hago pidiendo que me ames. Tú me pides que me voltee. Te exijo que me pertenezcas, me lo prometes. Me pides tu nombre, me ahogo en gritos. Te ahogas en suspiros, me dices que te traigo loco. Pero, ¿qué sabes tú de perder la cabeza por mí? Si sólo me deseas suerte cuando me ves hundiéndome, y te vas mirando al suelo.
Yo te puedo hablar de locura. De esa locura que me sale de adentro cuando improvisas una escena del exitoso futuro que tendrías a costa de tus besos, locura es esta sonrisa que me sale al recordar que cantas las canciones de las caricaturas cada vez que te emocionas por algo. Locura es mi necesidad de mirarte demostrando que eres sólo otro humano.
Sí, rompí las reglas. Violé el pacto y empecé a imaginarte queriéndome. Lo sé, no es culpa tuya. Pero cómo puedes esperar que no cale profundo en mi corazón el sonido de tu respiración cuando duermes a mi lado.
Así que prende la luz y no te sientas con derecho a reclamar. Te dije que la gente se cansa de los hijos de puta, te dije que yo era así, te dije que tenía miedo. Ya no soy comprensiva ni tengo tiempo para entregarte mis besos, porque estoy muy ocupada extrañándote.
Devuélveme mi indiferencia, y yo te devolveré tu tiempo para que salgas a conquistar. ¿No puedes hacerlo? Bueno, yo tampoco quería darte nada más.
La inquietante costumbre de hacer de cuenta que no pasan las cosas con la luz apagada, cuando en realidad toda nuestra vida se podría resumir en las aventuras vividas en la oscuridad. Tuve que decirte adiós en ese pequeño mundo de buscar nuestros labios a tientas, porque si no, no habría sido real.
Y entonces te pusiste a recordar la época en la que no nos escondíamos, cuando no éramos nosotros porque no sabíamos mostrarle la lengua al miedo. Cuando no nos escabullíamos hasta el balcón para fumar, ni intercambiábamos miradas furtivas durante la cena.
La frustración me hizo abandonar nuestro rincón de pasiones, pues nunca tuvimos el suficiente valor para amarnos bajo la luz del sol. Está bien mi niño, sé que no te gusta enfrentar las miradas, como a mí no me gusta mentir.
Amarnos, digo. Como si se te hubiera ocurrido hacerlo... Estuvimos contándonos secretos cuando mis padres no estaban, y entregando nuestros cuerpos cuando dormian. Y que contradictorio es cómo funcionamos en la cama, como nos golpeamos en cualquier situación, y cómo nos desconectamos en publico.
Nada tiene sentido para mí si yo me podría pasar horas escuchando tus historias de chico travieso, y con una palabra tu destruyes en mi cabeza todo lo pintoresco de mis aventuras. He estado tratando de ser indiferente al innegable hecho de que nuestra aventura no pudo escapar del ciclo finito de cualquier amorío, pero no puedo pretender que no te irás. Así que me voy yo, antes de que te asustes del todo.
Sabes que podría gritarte lo mucho que me encantan tus imbecilidades, como cuando pido a gritos que me regalen un cuento. Pero tú prefieres que susurre mis deseos en la oscuridad, y eso es más hermoso aún... Si tan sólo pudieras enamorarte de mis cicatrices.
Qué hago pidiendo que me ames. Tú me pides que me voltee. Te exijo que me pertenezcas, me lo prometes. Me pides tu nombre, me ahogo en gritos. Te ahogas en suspiros, me dices que te traigo loco. Pero, ¿qué sabes tú de perder la cabeza por mí? Si sólo me deseas suerte cuando me ves hundiéndome, y te vas mirando al suelo.
Yo te puedo hablar de locura. De esa locura que me sale de adentro cuando improvisas una escena del exitoso futuro que tendrías a costa de tus besos, locura es esta sonrisa que me sale al recordar que cantas las canciones de las caricaturas cada vez que te emocionas por algo. Locura es mi necesidad de mirarte demostrando que eres sólo otro humano.
Sí, rompí las reglas. Violé el pacto y empecé a imaginarte queriéndome. Lo sé, no es culpa tuya. Pero cómo puedes esperar que no cale profundo en mi corazón el sonido de tu respiración cuando duermes a mi lado.
Así que prende la luz y no te sientas con derecho a reclamar. Te dije que la gente se cansa de los hijos de puta, te dije que yo era así, te dije que tenía miedo. Ya no soy comprensiva ni tengo tiempo para entregarte mis besos, porque estoy muy ocupada extrañándote.
Devuélveme mi indiferencia, y yo te devolveré tu tiempo para que salgas a conquistar. ¿No puedes hacerlo? Bueno, yo tampoco quería darte nada más.
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