“What about love?” she asks, and looks at the tattoo he has on his arm.
“What about love?” he repeats like he wasn’t paying attention. But she knows he does it when he doesn’t want to give an answer. Maybe he doesn’t have one.
So she lets the smell of the coffee on her hands distract her, looks out the window and starts wondering if people are conscious of their reasons for waking up in the morning.
“You know” he starts- she doesn’t look at him, knowing it’s easier for him to talk if he doesn’t feel examined- “when I first met you, I thought that you had the face of someone with many answers-”
“But it turns out I have a lot of questions.” She takes a sip of the coffee and wonders if love can be described as coffee: warm, bitter or sweet, whichever way you prefer, always giving you energy, even when your eyes hurt from fatigue.
“You just don’t recognize your own answers.” He says, and for the first time today, looks directly in her eyes.
“Tell me one.”
“What?”
“An answer I don’t recognize.”
“Well, you’re always talking about how sick you are of everything, and how tired you are of being surrounded by people… But you always give your best smile when you greet someone, even if you don’t know them. And they’re not fake… The smiles, I mean, they’re always the good ones.”
She gives thought to this, playing with the napkins.
“Is it enough? Do you still think that I’m someone who has many answers?”
“Sometimes the questions are answers.”
“That’s bullshit.”
“So is your perception of the world and still you base your decisions on it.”
“They’re always bad decisions.”
“You just don’t accept yourself.”
“You said that my perception is bullshit.”
“That was only because I knew you wouldn’t defend yourself. No one can say that something in your life is wrong when no one can really understand what life is.”
“You’re talking too much today.”
“Last time, you said that I never share my thoughts.”
“That doesn’t mean I want to hear them.”
“You also said that you like when I share what’s going on inside my head.”
“Touché.”
“I guess its the winter. This season inspires me.”
She finishes her coffee in silence, wondering if people can even comprehend what inspiration is.
She also wonders if love can be found in the form of the cold breeze in a winter afternoon, when the sun is trying its best but she finds home in the cool air.
She wonders if love can be found in the form of a quiet walk or maybe in a conversation, coffee in hands. Or in the form of an effort to make eye contact, or in the calm but insistent need to make someone know how much you appreciate their company.
She wonders if love can be found in the strange form of a pleasant smile… in goodbyes that aren’t real goodbyes… because you’ll reach for each other again. If not today, tomorrow, and if not tomorrow, someday.
viernes, 21 de diciembre de 2018
lunes, 30 de julio de 2018
No entendemos la eternidad.
Quiero hablar de la manera en que el mundo es màs bonito cuando amanece sobre tu rostro. Pero no podemos verlo. Estamos tan empeñados en llorar que no podemos ver la hermosura en el dolor. Y tù dueles tanto. Tan dulce, tan profundo, tan presente dolor.
Dolor cuando beso tu frente y tù suspiras, porque los mortales no entendemos la eternidad. Y yo te susurro palabras que se sienten muy grandes en mi boca, se sienten como mentiras, porque no merezco amarte. Y me siento inùtil porque no puedo retenerte a mi lado, mierda, ni siquiera puedo retener tu imagen en mi memoria.
Y vamos a olvidar, porque nadie merece vivir para siempre, ni siquiera en un recuerdo. Te voy a olvidar, seguro. Voy a olvidar la manera en que lloraste cuando me fui y tù vas a olvidar la manera en que sentì miedo. Porque siempre tuve miedo.
Vamos a olvidar la vergüenza y vamos a olvidar este dolor. Vamos a olvidar que querìamos sostenernos la mano, y vamos a olvidar todas las veces que tuve que desviar la mirada para que nadie notara lo que sentìa por ti. ¿Vamos a olvidar?
Vamos a olvidar la culpa y la recordaremos cuando seamos castigadas. Por querer lo prohibido, por soñarlo y por experimentar aquello a lo que no tenìamos derecho. Vamos a olvidar el pecado, pero nunca dejaremos de ser pecadoras. Vamos a olvidar el placer, pero no evitaremos que nos pasen la factura por ello.
Pero no sè cuànto tomarà. No sè cuànto tarda el olvido en llegar. No sè cuànto tarda en visitarnos si le cerramos la puerta.
Y tendrè que recibir el castigo incluso cuando sè que no podrè soportarlo, porque tampoco soportè el deseo de besar tu boca ni acariciar tu cabello, no soportè la necesidad de soñarte, ni el miedo de perderte. Pero nunca me perteneciste, porque a mì no me toca tener las cosas bonitas, a mì me toca dañarlas.
Asì que serà doble el castigo, por desear tener algo que no merecìa, y por intentar tenerlo y dañarlo. Asì que perdòname, por dañar tu belleza al llenarte de miedo, por traicionar tus ojos hacièndoles llorar, por pervertir tus manos al tenerlas entre las mìas.
Pèrdoname, porque ni tù ni yo merecìamos que me quisieras, pero lo hiciste. Me quisiste bonito, y de verdad. Me quisiste cuando tenìa pesadillas, y ojeras, y un cigarrillo entre los dedos, y toda la negatividad en la mirada. Me quisiste cuando te confesè mis pecados y me quisiste cuando fallè a mi potencial. Me quisiste cuando esperabas una respuesta y yo me quedè en silencio. Me quisiste cuando te fuiste, cuando volviste y cuando yo te escribì poemas rotos acerca de còmo todo podìa salir mal. Me quisiste cuando te dije que deseaba no sentir el amor que te tenìa, cuando te dije que era mejor estar lejos. Me quisiste cuando mi incoherencia me llenaba de miedo al mismo tiempo en que yo besaba tu cuello.
Me quisiste bonito, niña, como se puede querer a lo que va a morir. Y yo te quise lo màs bonito que pude, con lo poco que te pude dar.
Te soñè, te extrañè, te adorè, y te dejè ir. Porque los mortales no entendemos la eternidad, y por eso no podemos estar seguros de hasta cuàndo nos perseguirà el recuerdo.
Dolor cuando beso tu frente y tù suspiras, porque los mortales no entendemos la eternidad. Y yo te susurro palabras que se sienten muy grandes en mi boca, se sienten como mentiras, porque no merezco amarte. Y me siento inùtil porque no puedo retenerte a mi lado, mierda, ni siquiera puedo retener tu imagen en mi memoria.
Y vamos a olvidar, porque nadie merece vivir para siempre, ni siquiera en un recuerdo. Te voy a olvidar, seguro. Voy a olvidar la manera en que lloraste cuando me fui y tù vas a olvidar la manera en que sentì miedo. Porque siempre tuve miedo.
Vamos a olvidar la vergüenza y vamos a olvidar este dolor. Vamos a olvidar que querìamos sostenernos la mano, y vamos a olvidar todas las veces que tuve que desviar la mirada para que nadie notara lo que sentìa por ti. ¿Vamos a olvidar?
Vamos a olvidar la culpa y la recordaremos cuando seamos castigadas. Por querer lo prohibido, por soñarlo y por experimentar aquello a lo que no tenìamos derecho. Vamos a olvidar el pecado, pero nunca dejaremos de ser pecadoras. Vamos a olvidar el placer, pero no evitaremos que nos pasen la factura por ello.
Pero no sè cuànto tomarà. No sè cuànto tarda el olvido en llegar. No sè cuànto tarda en visitarnos si le cerramos la puerta.
Y tendrè que recibir el castigo incluso cuando sè que no podrè soportarlo, porque tampoco soportè el deseo de besar tu boca ni acariciar tu cabello, no soportè la necesidad de soñarte, ni el miedo de perderte. Pero nunca me perteneciste, porque a mì no me toca tener las cosas bonitas, a mì me toca dañarlas.
Asì que serà doble el castigo, por desear tener algo que no merecìa, y por intentar tenerlo y dañarlo. Asì que perdòname, por dañar tu belleza al llenarte de miedo, por traicionar tus ojos hacièndoles llorar, por pervertir tus manos al tenerlas entre las mìas.
Pèrdoname, porque ni tù ni yo merecìamos que me quisieras, pero lo hiciste. Me quisiste bonito, y de verdad. Me quisiste cuando tenìa pesadillas, y ojeras, y un cigarrillo entre los dedos, y toda la negatividad en la mirada. Me quisiste cuando te confesè mis pecados y me quisiste cuando fallè a mi potencial. Me quisiste cuando esperabas una respuesta y yo me quedè en silencio. Me quisiste cuando te fuiste, cuando volviste y cuando yo te escribì poemas rotos acerca de còmo todo podìa salir mal. Me quisiste cuando te dije que deseaba no sentir el amor que te tenìa, cuando te dije que era mejor estar lejos. Me quisiste cuando mi incoherencia me llenaba de miedo al mismo tiempo en que yo besaba tu cuello.
Me quisiste bonito, niña, como se puede querer a lo que va a morir. Y yo te quise lo màs bonito que pude, con lo poco que te pude dar.
Te soñè, te extrañè, te adorè, y te dejè ir. Porque los mortales no entendemos la eternidad, y por eso no podemos estar seguros de hasta cuàndo nos perseguirà el recuerdo.
sábado, 26 de mayo de 2018
It really is.
We used to
be scared
Of the
storm
Of the
night
Of the
forest
Of ourselves.
We used to
run
And hide
It was fun
for us
It was
never a necessity.
We used to
be scared of the waters
So we would
hold hands
And then we
wouldn’t drown.
Later we’d
learn
That water
Wasn’t the
only thing
That’d
drown us.
We grew up
And weren’t
scared
Of the
storm
Nor the
night
Nor the
forest
Anymore.
But we’re
still scared of ourselves.
We’re still
running
Still
hiding
But it’s
not so funny anymore.
We’re not
scared of water
But it’s
not the only thing
That could
drown us.
And you let
go of my hand
But it’s
okay…
It really
is.
miércoles, 2 de mayo de 2018
Silencio.
Todo lo que conoces
Se está convirtiendo en trozos
De mentiras desparramadas
Que nadie quiere reconocer.
¿No dirás nada?
Ves el sufrimiento
En los ojos de quienes amas
¿No dirás nada?
No es tu culpa niña, no lo es
Pero cuando miras sus ojos tristes
Sus manos cansadas
Sus abrazos más prolongados
¿No dirás nada?
¿No preguntarás, niña?
¿No compartirás tu dolor?
Solías hablarle a un árbol, ¿recuerdas?
Le contabas cosas y hacías preguntas
¿Guardará ese árbol tus secretos?
¿Los guardarás tú?
Estás a una llamada
Pero la distancia te pesa
en los huesos
¿No harás la llamada, niña?
Te alimentas de la frustración
De la añoranza
Del rencor
¿No los sacarás afuera?
¿No serás el refugio?
De aquellos que también tengan dolor
Para que puedan sacarlo afuera
Y respirar.
¿No los escucharás?
¿Te quedarás en silencio?
Apreciando la caída
¿Te quedarás en silencio?
Dime, niña
¿No has estado callada lo suficiente?
¿A dónde te ha llevado eso?
¿Te ha hecho feliz?
Si quieres que el silencio sea tu hogar,
Quédate en él.
Pero no hagas tu hogar de algo que te hace infeliz.
Si llevas toda la culpa a cuestas
¿No pedirás perdón?
En voz alta niña,
Que tus susurros no llegan a mis oídos.
Más fuerte, niña, no tengas miedo
¿Acaso no te lastiman las palabras atascadas en tu garganta?
Grita, niña, sácalo afuera
Llora tus penas
Pide tus disculpas
Declara tu amor
Que no siempre
El silencio concede.
No siempre sabrán que los amas
Que los extrañas
Que los apoyas
Que te duele
Que entiendes
Que perdonas
Si no dices nada.
lunes, 24 de abril de 2017
Botando Risas, Ignorando al Amor y Negociándolo.
No sé qué tan difícil sea para ti, hacer tantas cosas sin sentir nada. Todo este tiempo me aferré a la idea de que no es posible que una persona no sienta, no sufra, no quiera. Pero tú, con tu juego de manipulación declarada pero inevitable, con tu victimización a todas luces fingida, pero creíble al final, me convenciste que hay personas que sí pueden cerrar su corazón. Yo nunca pude. Insensibilizarme, ser indiferente. Siempre tan expresiva, ilusionada, patéticamente aficionada a la idea de ser feliz. Pero eso también fue un logro tuyo: hacer que me endureciera, aunque fuera sólo un poco.
La parte más costosa de seguir adelante fue aceptar que no perdí tu amistad o se desperdició una gran oportunidad de ser felices, que en realidad, esa oportunidad no existió y tú y yo, nunca fuimos amigos. Bueno, esa parte aún cuesta digerir. Después de todo, cuando me volviste a buscar pude haber creído de nuevo que me considerabas tu amiga, pero ya sabes, en ese momento ya me volví más fría.
Lo que más duele de perder una amistad, es saber que una vez más toda la confianza no valió nada. Por eso, lo más difícil siempre es luchar para no rendirse, no aceptar que nunca valdrá nada lo que te esfuerces o lo que sientas. Bien sabes que nunca te confié un secreto, ni mis sentimientos, ni mis sueños... Pero tú sí, y no entiendo porqué seguí sintiendo que fui yo quien te perdió.
Lo hiciste a propósito. Porque estás acostumbrado a que la gente piense que no tienes solución, y crear otro problema era sólo una forma de demostrar que yo también podía ser parte de la diversión. Fue tan notorio, pero sutil, bien calculado, que resulta hasta irónico pensar que fue algo improvisado. Por eso, me pregunto cómo fue que no reaccioné y lo detuve, porqué me dejé llevar por aquello que a todas luces me iba a lastimar.
Te tomaste el tiempo de conocerme, convencerme de que yo te había lastimado primero, porque tú me quisiste primero. Me miraste a los ojos y dejaste al descubierto todo lo que te atormentaba de mí, los miedos que te inspiré y tus intentos por vencerlo, tu debilidad y tu rendición. Me preguntaste qué pasaría con nosotros, qué era lo que yo quería. Me dijiste que te arrepentías, que tenías miedo aún, pero podías hablar de ello porque estabas ebrio. Me hiciste llorar, reír, me pediste perdón por ser cobarde, me tomaste fotos como si así pudieras conservarme, me pediste permiso para acercarte, me diste a elegir cada cosa, me miraste como si tuvieras miedo de decepcionarme.
Yo sólo no podía creerlo. Te hacía tantas preguntas, tratando de encontrarle sentido a todo. Por fin, yo había comprobado que sí sentías, que sí deseabas, que sí querías... sólo no me esperaba que fuera a mí. Pero qué tontería.
Lo sabías, sabías que yo te apreciaba y lo usaste en mi contra. Vi eso tantas veces... pero aún me sorprende. ¿Cómo es posible que alguien utilice el amor que otra persona le tiene, para lastimarla? Desde que te conocí, siempre me pareciste atractivo, siempre interesante; pues tú, más que cualquier otro chico idiota, eras consciente de serlo, e ibas de frente con tus pensamientos. Te quería, sí, pero me gustabas apenas. Te quería porque eras mi amigo, porque teníamos confianza y porque podía verte a través. Incluso cuando me lastimaste tanto, sólo me gustabas apenas. El amor que se tiene al amigo siempre es más fuerte que enamorarse de unos ojos fascinantes y un corazón adictivo. Porque ese eras tú: fascinante y adictivo.
Cuando fue tiempo, y tú quisiste explorar todas mis emociones, empezaste a tratarme de esa manera en que tantos otros me habían tratado, y sabías que era lo que me había llenado de cicatrices. Empezaste a ser frío, a hacerme sentir como si te hiciera perder el tiempo. Tenías esa pose de que no te importaba realmente nada, pero te molestaba que no te hablase o que no compartiera mis pensamientos. Me dijiste que te enojaba mi silencio, y seguiste hablando de ti mismo, seguiste sacándome fotos, y recalcando que habías dejado de fumar y yo no. Entonces fuimos de nuevo a tu casa y seguimos con nuestro juego de fingir que no sabíamos qué era lo que el otro quería. Tú fingiste no saber que yo quería que me tratases como lo hiciste al principio, y yo fingí no saber que tú estabas jugando deliberadamente con mis emociones.
Casi al final, me preguntaste burlesco si estaba llorando, y te volví a obsequiar mi silencio, como premio por haber jugado tan bien con mi corazón. Tal vez yo nunca supe cómo amar, o cómo ser una amiga. Una vez leí que no puedes poner a todas las personas por delante tuyo y pretender que eso cuente, entonces, supongo que nada de lo que hice contó. No me enamoré de ti, pero vi lo lastimado que estabas por las situaciones que te habían tocado, y te quise de una forma que hasta ahora no puedo reparar.
Tal vez por eso, luego de que me volviste a buscar y yo pretendí que no me importaba saber de ti, que no me dolía pero tampoco te quería... no pude mantener ninguna línea de contacto abierta por más tiempo. Aún así, una noche fría de abril, me encontré a mí misma buscándote por la ciudad. A pesar de que yo me había mudado a una ciudad tan enorme que los secretos sí existen, yo esperaba verte en la fila de supermercado, pagando por litros incontables de alcohol. Pero no estabas, nunca estuviste.
Así que al final de todo (y a pesar de que siempre supe de ti, pues proveníamos de un pueblo tan pequeño que nadie tiene idea de lo que significa tener un secreto), sigo pretendiendo que no me preocupo por ti, a la par que te veo en las poesías... Y ya no puedo confiar del todo en que soy amiga, amante, que deseo, o que quiero.
La parte más costosa de seguir adelante fue aceptar que no perdí tu amistad o se desperdició una gran oportunidad de ser felices, que en realidad, esa oportunidad no existió y tú y yo, nunca fuimos amigos. Bueno, esa parte aún cuesta digerir. Después de todo, cuando me volviste a buscar pude haber creído de nuevo que me considerabas tu amiga, pero ya sabes, en ese momento ya me volví más fría.
Lo que más duele de perder una amistad, es saber que una vez más toda la confianza no valió nada. Por eso, lo más difícil siempre es luchar para no rendirse, no aceptar que nunca valdrá nada lo que te esfuerces o lo que sientas. Bien sabes que nunca te confié un secreto, ni mis sentimientos, ni mis sueños... Pero tú sí, y no entiendo porqué seguí sintiendo que fui yo quien te perdió.
Lo hiciste a propósito. Porque estás acostumbrado a que la gente piense que no tienes solución, y crear otro problema era sólo una forma de demostrar que yo también podía ser parte de la diversión. Fue tan notorio, pero sutil, bien calculado, que resulta hasta irónico pensar que fue algo improvisado. Por eso, me pregunto cómo fue que no reaccioné y lo detuve, porqué me dejé llevar por aquello que a todas luces me iba a lastimar.
Te tomaste el tiempo de conocerme, convencerme de que yo te había lastimado primero, porque tú me quisiste primero. Me miraste a los ojos y dejaste al descubierto todo lo que te atormentaba de mí, los miedos que te inspiré y tus intentos por vencerlo, tu debilidad y tu rendición. Me preguntaste qué pasaría con nosotros, qué era lo que yo quería. Me dijiste que te arrepentías, que tenías miedo aún, pero podías hablar de ello porque estabas ebrio. Me hiciste llorar, reír, me pediste perdón por ser cobarde, me tomaste fotos como si así pudieras conservarme, me pediste permiso para acercarte, me diste a elegir cada cosa, me miraste como si tuvieras miedo de decepcionarme.
Yo sólo no podía creerlo. Te hacía tantas preguntas, tratando de encontrarle sentido a todo. Por fin, yo había comprobado que sí sentías, que sí deseabas, que sí querías... sólo no me esperaba que fuera a mí. Pero qué tontería.
Lo sabías, sabías que yo te apreciaba y lo usaste en mi contra. Vi eso tantas veces... pero aún me sorprende. ¿Cómo es posible que alguien utilice el amor que otra persona le tiene, para lastimarla? Desde que te conocí, siempre me pareciste atractivo, siempre interesante; pues tú, más que cualquier otro chico idiota, eras consciente de serlo, e ibas de frente con tus pensamientos. Te quería, sí, pero me gustabas apenas. Te quería porque eras mi amigo, porque teníamos confianza y porque podía verte a través. Incluso cuando me lastimaste tanto, sólo me gustabas apenas. El amor que se tiene al amigo siempre es más fuerte que enamorarse de unos ojos fascinantes y un corazón adictivo. Porque ese eras tú: fascinante y adictivo.
Cuando fue tiempo, y tú quisiste explorar todas mis emociones, empezaste a tratarme de esa manera en que tantos otros me habían tratado, y sabías que era lo que me había llenado de cicatrices. Empezaste a ser frío, a hacerme sentir como si te hiciera perder el tiempo. Tenías esa pose de que no te importaba realmente nada, pero te molestaba que no te hablase o que no compartiera mis pensamientos. Me dijiste que te enojaba mi silencio, y seguiste hablando de ti mismo, seguiste sacándome fotos, y recalcando que habías dejado de fumar y yo no. Entonces fuimos de nuevo a tu casa y seguimos con nuestro juego de fingir que no sabíamos qué era lo que el otro quería. Tú fingiste no saber que yo quería que me tratases como lo hiciste al principio, y yo fingí no saber que tú estabas jugando deliberadamente con mis emociones.
Casi al final, me preguntaste burlesco si estaba llorando, y te volví a obsequiar mi silencio, como premio por haber jugado tan bien con mi corazón. Tal vez yo nunca supe cómo amar, o cómo ser una amiga. Una vez leí que no puedes poner a todas las personas por delante tuyo y pretender que eso cuente, entonces, supongo que nada de lo que hice contó. No me enamoré de ti, pero vi lo lastimado que estabas por las situaciones que te habían tocado, y te quise de una forma que hasta ahora no puedo reparar.
Tal vez por eso, luego de que me volviste a buscar y yo pretendí que no me importaba saber de ti, que no me dolía pero tampoco te quería... no pude mantener ninguna línea de contacto abierta por más tiempo. Aún así, una noche fría de abril, me encontré a mí misma buscándote por la ciudad. A pesar de que yo me había mudado a una ciudad tan enorme que los secretos sí existen, yo esperaba verte en la fila de supermercado, pagando por litros incontables de alcohol. Pero no estabas, nunca estuviste.
Así que al final de todo (y a pesar de que siempre supe de ti, pues proveníamos de un pueblo tan pequeño que nadie tiene idea de lo que significa tener un secreto), sigo pretendiendo que no me preocupo por ti, a la par que te veo en las poesías... Y ya no puedo confiar del todo en que soy amiga, amante, que deseo, o que quiero.
jueves, 30 de marzo de 2017
Enamorarse de lo inesperado.
La ciudad dorada derrama su hermosura cada noche, para ser estrujada al amanecer y resecada por el sol.
Gigantes edificios alzándose con tanta majestad; cuando el alumbrado público no deja ver sus grietas, el peso de los años resquebrajando su elegancia, las manchas del tiempo llamando al pasado que no sobrevivió. Y entonces, en una noche cualquiera, te olvidas del miedo que te dan las ciudades grandes, y te enamoras de las guirnaldas de luces y los balcones donde la música fluye y el amor vuela.
Ahí, donde amaneces con la frente bajo el rocío y los pies balanceando, donde se negocian las miradas y todo es desconocido y luego ya no, y después vuelve a serlo. Ahí es que me enamoré de sonrisas fugaces y esquinas llenas de historias de las que sólo me tocó ser testigo.
Sólo fui una espectadora fugaz de una ciudad que es más grande por los secretos que guarda, que por su tamaño. Una ciudad que cuando es de día vuelve al ajetreo de personas corriendo de un lado a otro, que no levantan la vista ni separan la oreja del celular.
Desearía que cada uno atestiguara la elegancia de una ciudad que en silencio presencia el paso de tantas vidas, la promesa del progreso, y la desilusión de cada amanecer, cuando vuelve a estar llena de humo y suciedad. Desearía que escuchen el sonido de los escasos pies que la recorren de noche, y lean los misterios que escriben en las esquinas los trueques hechos a escondidas. Desearía que les alarme la creciente dificultad para ver las estrellas, cómo cada noche se marchita un poco más la belleza porque la descuidan en el día.
Quisiera que el encanto no se rompiera cuando se hace de día, poderme enamorar también con el sol alumbrando, y no sólo con la luna entre las nubes. Quisiera sentirme también, como si fuera mi hogar. Al final, sé que soy una espectadora que en las noches se enamora, y en las mañanas recuerda que también tiene que correr... Excepto en las lluviosas, porque hasta de día se enamora de la lluvia.
Gigantes edificios alzándose con tanta majestad; cuando el alumbrado público no deja ver sus grietas, el peso de los años resquebrajando su elegancia, las manchas del tiempo llamando al pasado que no sobrevivió. Y entonces, en una noche cualquiera, te olvidas del miedo que te dan las ciudades grandes, y te enamoras de las guirnaldas de luces y los balcones donde la música fluye y el amor vuela.
Ahí, donde amaneces con la frente bajo el rocío y los pies balanceando, donde se negocian las miradas y todo es desconocido y luego ya no, y después vuelve a serlo. Ahí es que me enamoré de sonrisas fugaces y esquinas llenas de historias de las que sólo me tocó ser testigo.
Sólo fui una espectadora fugaz de una ciudad que es más grande por los secretos que guarda, que por su tamaño. Una ciudad que cuando es de día vuelve al ajetreo de personas corriendo de un lado a otro, que no levantan la vista ni separan la oreja del celular.
Desearía que cada uno atestiguara la elegancia de una ciudad que en silencio presencia el paso de tantas vidas, la promesa del progreso, y la desilusión de cada amanecer, cuando vuelve a estar llena de humo y suciedad. Desearía que escuchen el sonido de los escasos pies que la recorren de noche, y lean los misterios que escriben en las esquinas los trueques hechos a escondidas. Desearía que les alarme la creciente dificultad para ver las estrellas, cómo cada noche se marchita un poco más la belleza porque la descuidan en el día.
Quisiera que el encanto no se rompiera cuando se hace de día, poderme enamorar también con el sol alumbrando, y no sólo con la luna entre las nubes. Quisiera sentirme también, como si fuera mi hogar. Al final, sé que soy una espectadora que en las noches se enamora, y en las mañanas recuerda que también tiene que correr... Excepto en las lluviosas, porque hasta de día se enamora de la lluvia.
viernes, 10 de febrero de 2017
Querer y dejar ir.
Te irás. Porque no viniste para quedarte y yo no quisiera atarte. Las heridas sanan y las cicatrices no duelen si uno quiere... Pero yo te quiero. Quedarás en mí como una cicatriz que veré en el espejo cuando no tenga ropa, porque cuando no tenía nada tú eras el que quedaba, siempre...
Serás otra cicatriz pero yo no me acostumbro. Todos llevamos marcas, pero tú siempre fuiste el más marcado, el más oscuro, el más querido porque sabe lo que es no querer.
Yo siempre quise más amor, más atención, más miradas. Tú nunca me abrazaste como yo esperaba porque siempre fuiste mejor. Siempre lejos del resto, entendiendo todo y callando a menos que tuvieras un oído atento cerca. Recogiendo recuerdos que te golpearían con ciertas músicas, cerrando los ojos cuando la espalda sangraba por el puñal de la traición de algún amado.
Yo siempre fui insignificante, aunque pretendiera lo contrario. Hasta que tú me miraste con los ojos del que todo lo entiende y siempre guarda paciencia. Porque la necesita, porque se enoja y ya se destruyó demasiado a sí mismo.
Me tomaste de las muñecas e impediste que siguiera arañando mis piernas, me besaste en la oreja y sonreíste. Recitaste un "Ya está, no es para tanto", que primero hizo hervir mi sangre de los nervios y después se convirtió en una terapia de auto control. Dejé de llorar (tanto), aprendí a aceptarme y a esquivar de puntillas los vidrios de la decepción. Es un trayecto muy lento, pero tranquilo... El de no sufrir de más.
Rocé los bordes del amor y giraste la cara porque no querías que yo sufriera, por más que me guste hacerlo. Yo volví a llorar y tú a entender, nuestro ciclo eterno. Con paciencia, cariño y discusiones leves construimos un hogar de medianoche. Hasta que me tocó dar el siguiente paso y abandonarlo.
Me fui y tú sólo sonreíste, me agradeciste por haberte enseñado tanto y llaveaste nuestro rincón para esperar tu siguiente aventura. Me marché en silencio, con mi cabello despeinado y miles de recuerdos. Tú siempre decías, lo peor de perder a alguien es que se lleva consigo todos los recuerdos que fueron sólo de los dos.
No me olvides, querido, no me dejes con una mitad perdida. Sigo siendo frágil y sigo creciendo, pero nunca dejo de recordarte. T
Serás otra cicatriz pero yo no me acostumbro. Todos llevamos marcas, pero tú siempre fuiste el más marcado, el más oscuro, el más querido porque sabe lo que es no querer.
Yo siempre quise más amor, más atención, más miradas. Tú nunca me abrazaste como yo esperaba porque siempre fuiste mejor. Siempre lejos del resto, entendiendo todo y callando a menos que tuvieras un oído atento cerca. Recogiendo recuerdos que te golpearían con ciertas músicas, cerrando los ojos cuando la espalda sangraba por el puñal de la traición de algún amado.
Yo siempre fui insignificante, aunque pretendiera lo contrario. Hasta que tú me miraste con los ojos del que todo lo entiende y siempre guarda paciencia. Porque la necesita, porque se enoja y ya se destruyó demasiado a sí mismo.
Me tomaste de las muñecas e impediste que siguiera arañando mis piernas, me besaste en la oreja y sonreíste. Recitaste un "Ya está, no es para tanto", que primero hizo hervir mi sangre de los nervios y después se convirtió en una terapia de auto control. Dejé de llorar (tanto), aprendí a aceptarme y a esquivar de puntillas los vidrios de la decepción. Es un trayecto muy lento, pero tranquilo... El de no sufrir de más.
Rocé los bordes del amor y giraste la cara porque no querías que yo sufriera, por más que me guste hacerlo. Yo volví a llorar y tú a entender, nuestro ciclo eterno. Con paciencia, cariño y discusiones leves construimos un hogar de medianoche. Hasta que me tocó dar el siguiente paso y abandonarlo.
Me fui y tú sólo sonreíste, me agradeciste por haberte enseñado tanto y llaveaste nuestro rincón para esperar tu siguiente aventura. Me marché en silencio, con mi cabello despeinado y miles de recuerdos. Tú siempre decías, lo peor de perder a alguien es que se lleva consigo todos los recuerdos que fueron sólo de los dos.
No me olvides, querido, no me dejes con una mitad perdida. Sigo siendo frágil y sigo creciendo, pero nunca dejo de recordarte. T
Suscribirse a:
Entradas (Atom)