Agarró mi mano y la apretó, aún sabiendo que yo no correspondería el gesto. Me dio un beso en la mejilla, con la certeza de que no lo devolvería, notó que no estaba prestando atención. Me observó aunque sabía que yo no voltearía para mirarlo.
Lo quiero tanto. Cuando él no lo nota, observo sus manos y me enamoro de cada detalle, especialmente de aquella cicatriz próxima al pulgar. Cuando él no se da cuenta, observo sus labios y los grabo en mi mente. Cuando él no presta atención, memorizo cada detalle de su rostro. Pero él no lo sabe, no se imagina el amor tan grande que mi pecho guarda celosamente, yo tampoco lo hago.
Cuando le hablo de él, ella me dice "ojalá estén juntos por lo menos hasta fin fe año", yo también quiero eso. Cuando le digo a ella que me quiero casar con él, me dice que es algo muy tierno, pero sé que en el fondo ella está segura de que no va a suceder. Porque lo que ella sabe, y él empieza a notar, es que soy tan propensa a arruinarlo.
Y nos estamos equivocando constantemente, y él se equivoca porque yo me equivoco. Él lo da todo, y yo trato, pero no tengo nada que dar.
Sentimientos erróneos, personas incorrectas, felicidad conformista.
Es un amor demasiado grande para poder controlarlo. Y lo amo, ojalá pudiera expresarlo. Ojalá pudiera hacerle entender este sentimiento que no comprendo, hacerle conocer este misterio de mi corazón. Vaciarle de dudas, hacerle ver que quiero estar con él. Quisiera poder protegerle de mí, que no tenga que comprender.
Los labios gastados, los ojos adoloridos por el llanto, las piernas cansadas, las manos heridas por la batalla contra una misma. Ojalá pudiera hacerlo comprender, ojalá no tuviera que hacerlo.
Luego de que pasaran todos estos fugaces pensamientos, me levanto de esta cosa cuadrada.
-Tengo que entrar.
-Todavía no.
-Ya tengo que entrar.
Me toma de la mano y me acompaña, me roba un beso que sabe que no le quiero dar y se va; no sin antes decirme esas dos palabras. Cuando apenas se va empiezo a extrañarlo, ojalá pudiera decírselo.
Lo quiero demasiado, me odio tanto. Odio reprimir mis sentimientos, ya perdí a muchas personas por eso, no quiero perderle a él.
-No me dejes.
-No te voy a dejar, te amo. No me dejes vos, no dejes de ser mi novia.
-Nos vamos a cansar de estar juntos.
-Yo nunca me cansaría, pero algo me dice que vos te vas a cansar de mí.
Ya estoy cansada. Vengo arrastrando un cansancio pesado, y vos insistís en ayudarme con la carga; pero tiene un candado, no la puedo compartir. No me quiero cansar de vos, no quiero otro amor de juventud.
-Tuve una idea extraña.
-¿Qué?
-Cuando me acariciabas el cabello, te imaginé siendo un viejo de ochenta años; con cabello blaco y arrugas, acariciando mi cabello cuando también sea vieja.
Otras ideas de vejez, arrugas, bastones. Risas. Llanto interno.
-Nuestros hijos van a ser hermosos.
-Y muy inteligentes.
-Y fanáticos de Harry Potter.
Y esto, y aquello.
Él lo sabe, claro que lo sabe. Sabe que lo amo, aunque yo en el fondo no lo sé. Sabe que no importa el tercero, sabe que no importa nada. Él conoce el candado de mi carga, sabe que no puedo simplemente entregarla. Él conoce la opresión de mis sentimientos, sabe que no puedo expresarlos.
Él sabe que me encanta que me diga que soy hermosa, él sabe que estoy enamorada de él, aunque eso sea algo malo. Él sabe, él sabe más que yo, yo sé mucho más. Él entiende que yo intento, él sabe de mi infeliz felicidad.
Y yo sé, yo también sé. Sé que lo quiero, sé que quiero estar con él. Las dudas vienen, llegan todas juntas; hacen que tire todo al piso, pero él me ayuda a levantarlo y llevarlo adelante. Y las dudas aparecen, y llega el tercero, pero también se van. Y yo sé, yo también sé. Sé que vamos a estar juntos por un tiempo infinito, aunque tal vez él no lo entienda.
Porque algunos infinitos son más grandes que otros.
sábado, 10 de mayo de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
Reflexiones de una mente perturbada.
Es tarde y estoy cansada, ¿donde estás? No estás abrazándome, no estas tratando de animarme. Es de noche y no quiero que sea mañana, porque no te voy a ver. Ni mañana, ni dentro de tres días, ni la semana siguiente; no sé cuando volveré a hacerlo.
Fue decisión mía, yo me quise ir. Yo sé que siempre entendiste esa necesidad de alejarme, de apartarme de ese lugar, yo sé que vos sabes que no te abandone, simplemente ya no podía.
Es tarde y no estás conmigo. No estás conmigo porque ya es tarde para no cambiar, y el cambio siempre fue inevitable. Y ahora, escuchando música que está en un idioma que no entiendo del todo, pero aun así me hace llorar; me doy cuenta de mi soledad.
No estás, ¿donde estás? ¿Dónde estoy? Ya no estamos tirados en el piso blanco discutiendo por estupideces, o sentados en "nuestro lugar" escuchando aquellas canciones que en ese entonces me hacían extrañar. Y ahora te extraño a vos, no fue un sentimiento planeado.
Mi ego decidió que te superaría y pasarías a ser un buen recuerdo. Después de todo, yo decidí irme. Sin embargo tu ausencia no se puede ignorar, no me olvido de aquella facilidad de mirar a la izquierda y encontrarte ahí, mirándome también. De aquel amor no correspondido que sentíamos los dos, del daño que nos hicimos por querernos tanto, de la felicidad que siempre arruinábamos.
No estás, no estoy. Fui ahí, fui allá, recorrí esos lugares sin vos. Volví a ver ese rastro del dolor que había sentido ese último tiempo, recordé nuestras manos enlazadas, mi cabeza en tu hombro, nuestros oídos sordos a los comentarios de los demás, nuestras notas en las páginas de atrás, tus regalos creativos, tu indiferencia, mis lágrimas, tus anécdotas y mis risas, nuestros 'te quiero' de reconciliación, nuestras peleas por celos, nuestros chats deprimentes, nuestro amor inmenso y abandonado por los dos.
Recuerdo que eras la base de mi mundo de cristal y que, sin vos, mi frágil fortaleza se hacía pedazos. Yo no estaba bien en ningún lado en el que no estuvieras, y ahora estoy en todos lados sin vos, ¿como estoy sobreviviendo? No sé, supongo que encontré otro punto de apoyo.
Soy feliz, tengo amistades sinceras, tengo un amor correspondido, estoy bien. Sólo que, quisiera que formes parte de esta felicidad. Espero que estés bien, sin esta chica depresiva que cuestionaba tu manera de llevar las riendas de tu existencia.
Te extraño, y me haces falta. Recordar nuestro corto tiempo juntos me hace sonreír entre las lágrimas, pues, ahora representan un pasado que duele por haber sido un presente feliz. Y estoy bien, estamos bien, simplemente estamos creciendo. Y no es mi primera separación, mucho menos la última.
Es tarde y estoy cansada. ¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? Estamos en el mismo planeta, en el mismo continente, en el mismo país, incluso en la misma ciudad. Que cerca estamos, cuánta lejanía entre nosotros.
Total, que más da.
domingo, 20 de abril de 2014
Libres para pasar toda la vida escapando.
Él estaba sentado mirando
al frente. Cualquiera diría que estaba mirando la televisión, pero no era así.
Él estaba mirando el pasado. Odiándolo, disfrutándolo, extrañándolo. A él no le
importaba el casamiento del hombre con traje rojo.
A él le importaba ella.
Él no la culpaba, ¿cómo
podría hacerlo? Ella no quería que todo acabara. Pero no pudo evitarlo, la
prohibición venía de escalones superiores; ellos no podían contra eso. Él no la
culpaba, él la quería.
Y ella también lo quería,
¿cómo podría no hacerlo? Él era más de lo que una cree posible, no se creía
merecedora de aquel amor que él le obsequiaba. Ella quería poder, ella lo
deseaba con todas sus fuerzas.
Pero sus fuerzas no eran
suficientes.
Renunció. Dijo aquello
que acababa con todo. Dijo esas dos palabras que condenaban a las esperanzas a
ser simples molestias: pasaban de ser aquello que mantenía vivo el propósito, a
ser algo dañino para aquel que las sintiera.
Él no esperaba que ella
dijera eso, aunque en el fondo temía que sucediera en algún momento. No lo
creía, no creía en ese no querer; no creía en ese final. Él sabía que no era
ausencia de sentimiento, era falta de fuerza para la lucha lo que la llevó a
renunciar. Pero, ¿qué podía hacer? Nada.
Él estaba decidido a
hacerlo; él lo deseaba, él tenía fuerzas para luchar por ello. Pero no la podía
culpar por no tener fuerzas. Su lucha era diferente, ella estaba era muy
cercana a los escalones superiores. ¿Y qué podía hacer? Nada.
A él no le importaba el
casamiento del hombre con traje rojo, él se sentía solo.
No es que estuviera solo.
Estaban sus amigos y amigas, no dejaban de preocuparse; le apoyaban, le
querían. Él se sentía solo porque no estaba con ella. Y porque ella había
decidido que ya no estarían juntos.
Él agarró su celular,
ignoró los mensajes de todos los antes mencionados, los que le querían y se
preocupaban. Agarró su celular, pero claro, no podía escribirle; ¿para qué?
Aquellas dos palabras ya fueron dichas. Agarró el celular para poner esa
canción, él sabía que le ayudaría.
¿No es una pena que a la
luz del sol le siga el trueno?
Todavía podía sentir el
regocijo del primer ‘te quiero’.
Estoy tratando de hacer
frente al día.
Las esperanzas ya se
convirtieron en molestia, pero él no quería dejar de sentirlas. Era lo único a
lo que podía aferrarse.
Vamos a huir juntos tú y
yo, siempre vamos a ser libres…
Él seguiría queriéndola.
Libres para pasar toda la
vida escapando, de las personas que pueden ser nuestra muerte.
No quería dejar de
hacerlo.
¿Estoy mirando mi TV, o me está
mirando a mi?
Para él no había acabado
del todo.
Veo otro nuevo día amaneciendo.
Si seguía habiendo amor,
él seguiría intentando.
Y se alza sobre mí.
Él sería fuerte por los
dos.
Y mi mortalidad.
Él esperaría.
Y puedo sentir las nubes
de tormenta, chupando mi alma.
miércoles, 19 de febrero de 2014
No te subas al pingüimóvil.
“Cuidado con lo que
deseas” repetían. Y por supuesto, no les hice caso.
Deseaba poder aferrarme a
alguien, terminé extrañando a mucha gente. Deseaba sentir algo, sentí dolor.
Deseaba vivir, y entendí que en la vida nos vamos muriendo un poco cada día.
Errores, cuántos errores.
Víctimas y culpables, afectados y hacedores somos.
O lo soy yo.
Creí que ya había
aprendido, que con eso último fue suficiente. Pero una ‘demasiadoadicta’ nunca
tiene suficiente. Entonces dije que no podía ser más egoísta; pero claro, tengo
una gran capacidad para superarme.
Eso debería ser algo
bueno, ¿verdad?
Por si todavía no quedó
claro, NUNCAESSUFICIENTEPARAUNADEMASIADOADICTA. Y ahí va el porqué.
Prometiéndome una y otra
vez que dejaría de equivocarme tanto, fui recorriendo un camino de errores.
Dañando gente, arruinando amistades, ganándome soledad. El orgullo terminó
siendo mi único refugio, y el masoquismo mi mejor amigo. Siempre lamentando mi
infortunio, desaproveché aquellas oportunidades de hacer feliz a la gente. Ahora
caigo en la cuenta de mi estupidez a la hora de poder mejorar la situación.
Y entonces aparece él.
Tan tierno, delicado, tan lejano. Alguien demasiado bueno para que llegue a mi
vida justo en ese momento. Yo no quería, o tal vez si quería. Tal vez mi masoquismo
hizo que quisiera. El asunto es que sin darme cuenta ya estaba esperando que me
escriba.
Pero él, es de esas
personas que sabes que no mereces. En el remoto caso que te quisiera, no
podrías darle esa felicidad de la cual es merecedor. Tan pequeña me siento, tan
insuficiente.
De aquellas amistades que
sabes que si arruinas, merecerías ir a prisión.
Yo no quería, pero no
pude evitarlo. Y ahora estoy en una situación sin salida; reprimiendo
sentimientos y necesidades. Sabes que no te va a
llevar a ningún lugar. O tal vez si te lleve, pero no a uno bueno. Sabes que no
te va a llevar hacia algo bueno, pero ya subiste al vehículo. Y ya está en
movimiento. Y no te podés bajar. Porque te está llevando a algún lugar, no tenés idea hacia dónde. Pero tenés miedo.
El vehículo con forma de pingüino
patinando en el espacio y tomado helado de almendras.
No te subas al
pingüimóvil, no lo hagas.
Misteriosos caminos
recorre aquel vehículo. Algunos dicen que es lo mejor del mundo mundial, que
todos deberían subir. Otros dicen que no es para cualquiera. Según ciertos rumores,
hay gente que nunca bajó de él.
No te subas al
pingüimóvil. O súbete, llega lejos, y deja de vivir con la intriga de a dónde
te lleva.
sábado, 8 de febrero de 2014
Felicidad masoquista y de madrugada.
Cuando es de madrugada, y un nuevo día empieza siendo noche. Y tenés la costumbre de dormir tarde, pero esta noche te pesan las horas que pasas despierto/a. Y te pones a pensar, y empezás a ver todas esas pequeñísimas cosas...
Diminutos detalles que se convierten en grandes torturas.
Esos momentos con gente que está lejos, que está cerca pero no está contigo, que es feliz sin que seas parte de eso. Y notas las cosas que pudieron ser de otra manera. No cosas que hubiesen impedido su separación; sino cosas pequeñas que hubiesen constituido otro buen momento para recordar, para extrañar. No son cambios que habrían evitado el derramar de lágrimas, o los pensamientos nostálgicos; son cambios que habrían permitido tener una risa más, otra sonrisa inesperada cuando caminas por la calle o haces alguna otra cosa cotidiana. Y no te arrepentís de no haber cambiado ese pequeño detalle, simplemente imaginas el momento si hubiese sido así, y no como fue. Y disfrutas ese hipotético momento con esa persona real. Y cuando estás despierto/a en medio de la madrugada, y sos la única persona que no duerme en el lugar, y no estas hablando con nadie más.
Empezás a hablar con tus otros yo.
Y empezás a culparte de esto, felicitarte por aquello, desear eso que es tan lejano. A veces incluso dejas el enojo a un lado, para empezar a ser feliz. Aunque sea por un rato. Y te sentís feliz por ese paseo, esa canción, ese beso, ese abrazo, ese mensaje, ese buen recuerdo. Y al rato empezás a sentirte triste; te sentís triste por ese paseo, esa canción, ese beso, ese abrazo, ese mensaje, ese masoquismo que constituye el recordar. Y en unas horas, o minutos, o segundos... en una madrugada. Sentís un montón de cosas, recordás personas, cosas, canciones, lugares, caricias, que no creíste que aparecerían en tu memoria. Cosas de tu infancia, del día anterior, del año que viene.
Y después dormis, y es una aventura totalmente aparte. Como todo en la vida.
Tal vez sólo soy yo la que pasa por todo eso cuando no puede o no quiere dormir, tal vez. Tal vez un montón de personas pasen por lo mismo. Tal vez nada ni nadie de eso que recuerdo existió, y sólo es algo que imagino mirando un punto fijo en el techo de mi habitación en el manicomio.
Lo que sea.
Diminutos detalles que se convierten en grandes torturas.
Esos momentos con gente que está lejos, que está cerca pero no está contigo, que es feliz sin que seas parte de eso. Y notas las cosas que pudieron ser de otra manera. No cosas que hubiesen impedido su separación; sino cosas pequeñas que hubiesen constituido otro buen momento para recordar, para extrañar. No son cambios que habrían evitado el derramar de lágrimas, o los pensamientos nostálgicos; son cambios que habrían permitido tener una risa más, otra sonrisa inesperada cuando caminas por la calle o haces alguna otra cosa cotidiana. Y no te arrepentís de no haber cambiado ese pequeño detalle, simplemente imaginas el momento si hubiese sido así, y no como fue. Y disfrutas ese hipotético momento con esa persona real. Y cuando estás despierto/a en medio de la madrugada, y sos la única persona que no duerme en el lugar, y no estas hablando con nadie más.
Empezás a hablar con tus otros yo.
Y empezás a culparte de esto, felicitarte por aquello, desear eso que es tan lejano. A veces incluso dejas el enojo a un lado, para empezar a ser feliz. Aunque sea por un rato. Y te sentís feliz por ese paseo, esa canción, ese beso, ese abrazo, ese mensaje, ese buen recuerdo. Y al rato empezás a sentirte triste; te sentís triste por ese paseo, esa canción, ese beso, ese abrazo, ese mensaje, ese masoquismo que constituye el recordar. Y en unas horas, o minutos, o segundos... en una madrugada. Sentís un montón de cosas, recordás personas, cosas, canciones, lugares, caricias, que no creíste que aparecerían en tu memoria. Cosas de tu infancia, del día anterior, del año que viene.
Y después dormis, y es una aventura totalmente aparte. Como todo en la vida.
Tal vez sólo soy yo la que pasa por todo eso cuando no puede o no quiere dormir, tal vez. Tal vez un montón de personas pasen por lo mismo. Tal vez nada ni nadie de eso que recuerdo existió, y sólo es algo que imagino mirando un punto fijo en el techo de mi habitación en el manicomio.
Lo que sea.
miércoles, 1 de enero de 2014
Reflexiones a una Mente Perturbada.
Bah, para que te pregunto, yo sé cómo estás. Yo te conozco; más que a nadie, y de eso quiero hablarte. Me
cansé de vos, me canse de tu comportamiento egoísta, me cansé de que me tortures,
me cansé de que no podamos ser amigas, convivir, en paz. Ojalá pudiera
separarme de vos y ya.
Vos no existís si yo no existo. Y si vos no existieras, yo
no podría vivir. Tal vez si no estuviera atada a vos, sería menos infeliz.
Yo sé que todas esas cosas que utilizas para torturarme, yo
te las brindé. Yo sé que te hice daño, que tenés razones para torturarme
gracias a todas las cosas que hice. Pero vos no te das cuenta, yo hice esas
cosas por vos, por tu culpa, vos me hiciste hacerlo, vos me hiciste sentirlo. Y
ahora venís, me echas en cara todo, me recordas esas cosas que nos hacen daño.
Porque así es, a vos te hace daño, el mismo daño que a mí. Porque son las mismas
razones las que nos hacen mal. Entonces, ¿por qué vivís recordándolo? Yo trato
de superarlo, de no ser masoquista. Y ahí vas vos, arruinando mi mediocre intento.
Salís con ese “para que hiciste esto, para que dijiste aquello, no debiste
sentir tal cosa”, y es cinismo, porque todo eso fue tu culpa. Venís y me decis “tu
culpa es todo esto, aguantate”, como si fuera que vos y yo no somos lo mismo.
Perdoname, en serio. Yo sé que no debo hacerlo, pero
entendeme. Por algo trato de ignorarte, de tener un mínimo y superficial
contacto contigo. Y parece que eso te molesta más todavía, y reclamas atención,
utilizas toda esa adolescencia contenida que tenés, en mi contra. Perdoname, te
digo una vez más. Yo lo cambiaría, y sé que vos lo harías. Pero tenes que
entender, que no sirve pensar, y pensar, y pensar, y pensar, en todo eso. Cada
vez que trato de acordarme de algo lindo, ahí vas y lo arruinas. Y lo más
estúpido es que después de todas las lágrimas de esta auto tortura, sos vos lo
único que me queda, soy yo lo único que te queda.
Porque no es mi sufrimiento, ni el tuyo, es nuestro. Porque
somos lo mismo, somos asquerosamente inseparables. Así que seamos felices,
aprendamos a querernos. Somos dos partes
enemigas que se necesitan.
Así que no sé, mente, quereme, que yo estoy tratando de
quererte.
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